viernes, 30 de mayo de 2014

Capítulo 2 de Las Crónicas de Érdwill 1





EL SEÑOR OSCURO


    Jónnar regresaba a lomos de su dragona Áfritta a informar a su señor. Además, junto a él venían los eeries con los otros dragones. Y tras éstos, por tierra, regresaban Cónnor y su ejército, los damneds, cabalgando en los fire-eyes.
Todos cruzaron las grandes puertas de la muralla que separaba la ciudadela negra del resto del mundo de Rhamnia.
Allí, en la fortaleza de Illrion se encontraba el señor oscuro, Éomerd, esperando el regreso de Jónnar con el niño de la profecía. Pero, pronto descubriría que no todo había sucedido como esperaba.
La ciudadela negra era la antigua ciudad de Illrion, ahora ocupada por el señor oscuro. En la actualidad, Éomerd era el rey del reino de Illrion, el más importante de los cinco reinos humanos.
La ciudadela estaba ocupada por las gentes que antaño vivían allí y por las fuerzas de Éomerd.
Sus gentes vivían a merced del señor oscuro. Debían pagar un tributo… y la mitad de sus ganancias; más quien se rebelaba era castigado, y posteriormente, si reunía las cualidades, convertido en dámned.
No obstante, la ciudad estaba llena de guardias por todas partes. La guardia de Éomerd estaba formada, exclusivamente, por los damneds. Además, en las calles, tabernas, o en cualquier rincón, podías encontrar gentes del antiguo reino de Illrion, y sirvientes de Éomerd, como: godlies, dordags (raza con un enorme y fuerte físico, inteligente, y con grandes orejas abiertas y puntiagudas), eiries, noxious… o los wardogs rebuscando en los cubos de basura.
Una vez entraron en la ciudad, Cónnor, bastante malherido debido a su combate con Khallas, se reunió con Jónnar, y, los dos fueron a presentarse ante su señor, Éomerd, para informarle de lo sucedido.
Al llegar a la sala del trono, Jónnar le dijo al guardia:
-Informa a nuestro señor de que estamos aquí.
El guardia cerró las puertas tras de sí, y se lo comunicó al señor oscuro. Luego, volvió y les dijo:
-Nuestro señor os estaba esperando. Dice que podéis pasar.
Jónnar y Cónnor cruzaron las puertas y avanzaron por una interminable alfombra que recorría una larga sala con: un techo muy alto decorado con imágenes de batallas de antaño, estatuas de antiguos reyes en mármol blanco y ventanas con vidrieras de colores en las paredes, y altísimas columnas azul noche ennoblecidas con motivos dorados, a ambos lados de la sala. Al final de ésta, se encontraba un magnifico trono con elaborados diseños labrados en oro y plata y una majestuosa escultura. En él, semioculto entre las sombras proyectadas de las estatuas de dragones que había a cada lado del trono, se encontraba el señor oscuro, Éomerd.
A su lado estaba su consejero, el jefe del cónclave de los noxious, los hechiceros del mal. Unos túnicas negras que estaban al servicio de Éomerd.
Los noxious no eran humanos. Su piel era pálida y demacrada… su cara además, estaba marcada por unas runas o tatuajes apenas distinguibles de color rojizo. Su pelo… largo, liso, y de color cobre, blanco o negro. Sus ojos… azul claro… sus labios… naranja-rojizo; y sus uñas… largas y negras.
Gracias a ellos, existían los damneds. Pues, los creaban, convirtiendo a los humanos con su magia negra.
Cuando alcanzaron el final de la sala, Jónnar y Cónnor se inclinaron para hacer una reverencia a su señor.
Éomerd, entonces, les dijo:
-Podéis dejar las reverencias. Contadme que ha sido del niño. ¿Me lo habéis traído?
Jónnar, superior en rango a Cónnor, se adelantó:
-No, mi señor. No lo hemos traído, pero… no tenéis porqué preocuparos. El niño ha muerto.
En ese momento, intervino el consejero de Éomerd, un nóxiou llamado Zénglar.
-¿Cómo tenéis el valor de presentaros ante nuestro señor, sin haber traído vivo al bebé, para sacrificarlo, como se os ordenó?
En ese momento, Jónnar lanzó una mirada desafiante a Zénglar; y es que, este último siempre aprovechaba cualquier oportunidad que se le presentaba, para dejarlo en ridículo ante Éomerd.
Ambos tenían una rivalidad que venía de mucho antes, cuando Éomerd decidió quién sería su consejero.
Zénglar y Jónnar se disputaron el puesto; y el nóxiou resultó vencedor.
Desde entonces, Jónnar sentía envidia, y Zénglar se mofaba de él, cuando la ocasión se le brindaba. Jónnar se había jurado a sí mismo, que algún día se vengaría.
-Tranquilo, mi fiel consejero. Déjame hablar a mí -dijo Éomerd, que conocía la rivalidad existente entre ambos.
-Pero, mi señor, sólo intentaba que estos ineptos…
-¡Ya basta, Zénglar! -lo cortó, sin ningún miramiento, Éomerd-. Decidme como ocurrió todo -dijo el señor oscuro dirigiéndose hacia Jónnar y Cónnor, en tono serio, y deseoso de escuchar lo sucedido.
Cónnor se había mantenido al margen de la conversación, pues para él las disputas entre aquellos dos, no eran de su incumbencia. Se limitaba a hacer su trabajo, que era dirigir a su ejército y obedecer las órdenes de sus superiores. Sin embargo, se adelantó hasta la posición de Jónnar, y dijo:
-Mi señor, si me lo permitís, os lo contaré.
-Hablad -contestó, Eomerd.
-Mi señor, conseguimos derrotar al pueblo dawk, e interrogamos a los supervivientes. Supimos que el bebé se lo llevó una érdaag. Enseguida, fuimos tras ella… los wardogs nos fueron muy útiles; encontraron el rastro de la muchacha, y lo seguimos. Una vez, logramos darles alcance, quedó acorralada en un precipicio que caía hasta el río yélmax, pero, la muchacha prefirió lanzarse por él, antes que entregarse.
Cuando bajamos hasta el río, sólo encontramos los restos de sus ropas destrozadas y llenas de sangre. No quedó rastro de ellos; por lo que, creemos que han muerto… bien por la caída, o por alguna criatura del río, que después, se los tragó enteros.
-Si el niño ha muerto, la profecía nunca se cumplirá, y yo seguiré ampliando mis dominios.

Sólo unos cuantos aún se atreven a plantarme cara: los rágs, los frígidos, los gigantes, y las námides… Pero, pronto caerán ante mis ejércitos, y luego, me suplicarán clemencia -se expresó, Éomerd, mientras apretaba su puño. 

Capítulo 2 de Dragonstones 1





SHAKÁVAL


  Los muchachos aparecieron, con la piedra que se había vuelto transparente, en una cueva parecida a la que habían estado.
La iluminaron y vieron que había un hueco en la pared del tamaño de la piedra que tenían en su poder.
Siguieron mirando, y también vieron inscripciones en las paredes; pero estaban en un idioma que desconocían, el élfico. En éstas ponía cosas como: “La Piedra Multicolor, una piedra para encontrar a las demás... prevenir de los dragones... dominar a Ilrahtala… y viajar a otro mundo”. Como no entendían aquel idioma, decidieron salir de la cueva. Kevin, la guardó entonces en su mochila. Después, los exploradores siguieron adelante y encontraron también una gruta con estalactitas y estalagmitas. Ésta no tenía puente, sino algo mejor. Abajo, en el suelo, corría un pequeño riachuelo semejante a un arco iris, aunque con colores diferentes. Los mismos que la piedra emitió cuando la encontraron.
Los tres chavales siguieron por el riachuelo, y éste los llevó a la salida de la cueva. Allí, el agua del arroyo se volvía transparente y se unía a una cascada que caía desde más arriba.
Pasaron al otro lado de la salida, y comprobaron que aquel lugar no era el mismo por el que entraron. Como ya suponían, no se encontraban en el mismo lugar.



Tenían hambre, y pronto anochecería. Así, que pensaron que lo mejor era encender un fuego, junto al río.
Ya tendrían tiempo mañana de averiguar donde se encontraban.
Kevin fue en busca de leña y Éric se quedó junto a su hermana, buscando en la mochila la caja de cerillas. Poco después, el primero volvió con la leña y el segundo encendió el fuego. Luego, Susan ensartó el pescado en pequeñas ramas finas y lo hizo a la brasa… le salió delicioso.
Se comieron todo el pescado que sus estómagos admitieron, y bebieron un poco de agua de sus cantimploras, y luego decidieron, que las guardias las harían sólo chicos.
Cada uno haría dos, de dos horas, alternándose ambos, para poder descansar.

La primera la hizo Kevin. Susan y Éric enseguida se quedaron dormidos.
El muchacho al permanecer en silencio, logró escuchar varias cascadas. El ruido que hacía el agua de éstas, resultaba tranquilizador.
Como pronto anocheció, no tuvieron tiempo de inspeccionar la zona. Fue por eso, que en un principio pensaron que sólo había una cascada.

Pasaron las dos horas, por el reloj de Kevin, y antes de quedarse dormido, despertó a Éric para que hiciera su guardia:
 -No te preocupes por los ruidos. No te alejes de aquí. Y sobretodo… no te quedes dormido.
 -Tranquilo, sabes bien que puedes confiar en mí.

Éric, aunque se moría de ganas de inspeccionar la zona, no lo haría. Se lo había pedido su mejor amigo, y no lo defraudaría.
El tiempo para él se hizo mucho más largo, pues le desesperaba estar allí, quieto y aburrido; y sin poder charlar con nadie.
Dos horas más tarde, despertó a Kevin... Y dos horas después, ocurrió justo lo contrario. La última guardia fue interminable para Éric. Al final, no pudo aguantar y se quedó dormido.



Al aparecer los primeros rayos de luz, algo húmedo tocó la cara de Susan, e hizo que ésta se despertara. Cuando abrió los ojos, llegó a pensar si aún estaba soñando. Lo que había sentido sobre su cara era el lamido de algo parecido a un caballo.
Lo observó en silencio y boquiabierta. Sobre la cabeza tenía un cuerno y parecía muy amigable. Era un unicornio… Una especie de caballo, muy inteligente y amante de la libertad.
Sólo se dejaban montar por alguien puro de pensamiento y obra, y se mostraban nerviosos si se les acercaba o atacaba alguien malo.
Con la magia de su cuerno proyectaban un aura mágica que los protegía a ellos y a sus jinetes de cualquier ataque.

Había otros dos más. Estaban dentro del río bebiendo agua. Cada uno era de un color distinto. El que la lamió, era blanco. Los otros: uno color ocre, y el otro, negro azabache.
Uno de ellos relinchó y provocó que Kevin y Éric despertaran. Al verlos, no creían lo que tenían delante. Susan advirtió a los chicos, con un susurro:
 -No os mováis, ni hagáis ningún ruido, tened cuidado o se marcharán.
Eran muy bonitos y sociables (al menos con ella). Por eso, no quería que se fueran.
Kevin cogió un poco de hierba fresca y fue acercándose, despacio, hacia el de color ocre. Cuando estuvo a su lado, le ofreció la hierba sobre la palma de la mano, y el unicornio la comió. Se aproximó aún más, y le acarició el cuello. El unicornio se dejó, y luego, se agachó para que el chico lo montara. Él sin ningún reparo, lo hizo.
A Susan le sucedió prácticamente lo mismo con el blanco, sin embargo, con el negro no. Era algo más bravo, y Éric tampoco le inspiraba demasiada confianza. Al final, al ver que los otros unicornios se acercaban al chaval, decidió hacerlo, tranquilamente, también él.
El unicornio notó que ambos tenían un espíritu aventurero y libre, así que dejó que Éric lo montara.



Los hermanos y Kevin se dejaron llevar por los unicornios, que los llevaron a través del río. Este, en algunas zonas, apenas alcanzaba un palmo de agua.
Los chicos, con sus mochilas a la espalda, vieron entonces, las enormes cascadas que la noche anterior escucharon.
Era un espectáculo hermoso para la vista.
Siguieron río abajo… poco después, Kevin, que marchaba delante, notó que su unicornio percibió algo. Los otros dos, enseguida, lo notaron también; parecía que algo o alguien se acercaba.



De pronto, aparecieron dos seres sobrenaturales, pero a su vez hermosas…que se pararon frente a ellos, y les preguntaron:
 -¿Quiénes sois?
 -Somos tres chicos, que nos hemos perdido en este bosque -respondió Kevin.
 -¿Y vosotras? -preguntó Éric, intrigado.
 -Somos náyades, y custodiamos este río -respondieron las dos jóvenes.
 -¿Náyades, nunca escuché nada parecido? -preguntó Susan.
 -Somos las ninfas de los ríos  -respondieron las féminas.
 -No me habéis aclarado mucho, pues tampoco sé nada sobre ellas -expresó Susan, algo confusa.
 -Ninfas somos todas las deidades femeninas de la naturaleza; las de los ríos y fuentes somos náyades. Nuestras amigas del mar son las nereidas. Las del bosque son dríades; y existen algunas más, como las de la selva -contestaron las náyades.
 -¿Podríais decirnos donde estamos? -preguntó Kevin.
 -Claro, se encontráis en el río cristalino. El río que atraviesa el bosque iluminado. Y venís de las cataratas de la ilusión, donde aparece el arco iris de los ocho colores, detrás del cual hay una cueva.
Se encontráis en el continente de Babylon, el único y gran continente de Shakával; el mundo mágico donde ahora estáis -les explicaron.
 -Ahora estamos, aún más confusos -dijo Éric, que no entendía nada.
Kevin dijo, entonces:
 -Algo está claro, la piedra que encontramos es una piedra mágica, y fue ella la que nos trasladó a este mundo.
 -Es cierto, y os trajo hasta aquí, a través de la cueva de Draicen. Ese lugar es un portal entre vuestro mundo y el nuestro. Tanto la piedra como él fueron creados por el dios neutral Draicen, para mantener un equilibrio entre las fuerzas del bien y del mal.
 -Entonces, ¿no podemos volver a nuestro mundo con nuestras familias? -preguntó Susan, entristecida.
 -Sólo podréis volver, si reunís otras piedras mágicas… las Dragonstones -respondió una de las náyades.
 -Y… ¿cómo las conseguiremos? -preguntó Kevin.
 -Con la ayuda de La Piedra Multicolor. La que os trasladó a este mundo.
Dejaos llevar por los unicornios. Ellos os llevaran al valle donde viven; un lugar donde siempre hay algún elfo silvano. Encontrad uno, y os guiará hasta su pueblo, Silvanya. Allí os ayudarán. Nosotras no podemos hacer más por vosotros.
 -Lo tendremos en cuenta -respondió Kevin.
 -Gracias por la información -dijo Susan.
 -Adiós y mucha suerte -contestaron las náyades.
 -Adiós -se despidieron los tres chicos.



Kevin, Éric y Susan siguieron río abajo. Más tarde, los unicornios se apartaron del río para ir hacia la parte este del bosque. Al cabo de unas horas, llegaron donde acababa. Allí, justo al lado, estaba el valle de los unicornios.

En él había mucha hierba fresca. Estaba situado, entre el bosque iluminado, al oeste; el bosque de ignion, al este; las montañas de los halcones gigantes, al norte; y las montañas del reino enano de Zenoria, al sur.

Lejos, en el valle, había muchos unicornios, de varios colores. Cerca de uno de ellos, vieron a alguien. Se acercaron a él, y Kevin le preguntó:
 -Hola, ¿eres un elfo silvano?
 -Sí, lo soy -respondió, tras sonreír-. Esperad un momento. Después, me preguntáis lo que queráis. Ahora tengo que atender a esta cría de unicornio, que acaba de nacer -el elfo  se los mostró-. Además, su madre tiene que descansar.
Ésta era la montura del elfo. Él le tenía un cariño especial y solía cuidarla muy bien.

 El elfo terminó con el pequeño unicornio… entonces, les preguntó:
 -¿Queréis pasar la noche conmigo?
 -Pues sí, no tenemos otra alternativa. El día ha pasado y la noche llega -respondió Kevin.
 -Mientras coméis, podemos hablar. Confío en vosotros, pues ningún unicornio se deja montar si no es por alguien de buen corazón. Y habéis venido montados en uno cada uno -les comentó, con mucha razón. A continuación, se presentó a los chicos-. Oídme, me llamo Isilion; ¿y vosotros?
 -Ellos son: Susan y Éric… Son hermanos y mis amigos. Y yo soy Kevin -los tres saludaron al elfo.
 -Bueno, ya que hemos hecho las presentaciones… será mejor que preparemos algo para comer, antes que nuestros estómagos se quejen -observó.
 -De acuerdo -respondió Susan.

Isilion era elfo. Pertenecía a una de las razas más antiguas de Shakával. Podían llegar a vivir hasta dos mil años...
De ciento treinta y ocho, en apariencia, era tan joven como cualquier hombre de unos veintiocho.
Los elfos amaban las artes y la naturaleza, y eran excelentes arqueros, aunque, evitaban la lucha mientras podían. Les gustaba: cazar, cantar, bailar, y celebrar fiestas. Y, además del humano, hablaban un idioma propio..
Isilion pertenecía a los elfos silvanos, la raza elfa más extrovertida; y la menos arrogante.
Solían tener un físico esbelto y delgado. Medían como él, alrededor del metro con ochenta centímetros; y todos eran ágiles y tenían los sentidos muy desarrollados.
La mayoría eran atractivos, de rasgos delicados, caras delgadas, ojos grandes y rasgados, y labios llenos. El color de sus cabellos, que siempre llevaban largos, podía ser cualquiera. A excepción, del pelirrojo, que era muy escaso.
Su principal característica eran sus orejas puntiagudas.

Él tenía el pelo largo, liso y rubio; y solía llevarlo suelto. Aunque en ocasiones, como era habitual en los elfos silvanos, lo llevaba recogido. Además, de un bonito pelo, tenía unos grandes y expresivos ojos marrones.

Podían alcanzar a ver, de veinte a treinta metros en la oscuridad. Pero, lo sorprendente era… que tenían la peculiaridad de presentir lo que pasaba, o lo que podía pasar.

Vestía ropa de cuero blando, color marrón claro, anaranjado; unos guantes y unas botas marrones, y una capa verde hoja, con capucha. Iba armado con un arco bendecido de los elfos y una espada corta.


   
   
Mientras comían, Kevin le preguntó por su pueblo:
 -¿Dónde está Silvanya?
 -Está a casi un día de aquí, en lo más profundo del bosque iluminado. Para llegar debemos cruzar el río cristalino y parte del bosque -le contestó Isilion. Después, les preguntó a todos:
 -¿Por qué queréis saber donde está mi pueblo?
 -Para llevar allí La Piedra Multicolor. Nos dijeron que allí nos ayudarían -respondió Susan.
 -Ahora estoy seguro. Sois los chicos de la profecía. Cuando os vi con esas pintas, lo presentí… pero ahora que sé que tenéis esa gema, no cabe ninguna duda de que lo sois.
Mañana os llevaré hasta mi pueblo, donde seguro os ayudarán -les dijo, mientras acababan de comer-. Podéis dormir tranquilos. El valle de los unicornios suele ser un lugar tranquilo. La magia de ellos, lo protege -dicho esto, todos durmieron plácidamente.



A la mañana siguiente, despertaron con las fuerzas renovadas. Así que rápidamente recogieron sus cosas, para dirigirse a Silvanya.

Isilion subió a su unicornio, ya recuperada.
Era bellísima, con el cuerpo color cobrizo; y las crines y la cola color crema.
Todos montaron en sus unicornios e iniciaron la marcha. La cría de unicornio los siguió; sin retirarse en ningún momento, de su madre.

viernes, 23 de mayo de 2014

Capítulo 1 de Las Crónicas de Érdwill 1





ARDE DAWK


       -¡Mirad! ¡En el cielo! -gritó el guerrero érdaag (aquél que pertenece al clan de guerreros de Dawk)-. ¡Ya están aquí!
Como muy bien decía el guerrero, ya habían llegado. Los yozaks (el clan de magos de Dawk) lo auguraron; un terrible ataque vendría desde el cielo, y a continuación, otro por tierra.
En el cielo, camuflados en la oscuridad de la noche, volaban los dragones negros, iluminados sólo por las dos lunas, Illieni y Nesari, que escondidas tras las nubes, apenas habían aparecido aquella noche; presagiando el peligro que se avecinaba.
A lomos de los dragones negros, sobre sus sillas, iban los eeries, los temibles jinetes oscuros que dirigían a los quince dragones negros.
En un idioma propio, Jónnar, el líder de los eeries, ordenó a los demás que siguieran a su dragona Áfritta. Pues, iban a lanzar el ataque al pueblo dawk.
Abajo, los yozaks los esperaban. Intentarían repeler el ataque de los dragones negros con su magia. Entre ellos se encontraba Lana, una yózak que había entregado a su hijo, un bebé de tan sólo unas semanas, a su cuñada, una érdaag, para que lo pusiese a salvo del peligro.
Su crío era la razón por la que su pueblo estaba siendo atacado. Era el fruto de la unión entre una yózak y un érdaag, y según una profecía, lograría acabar con la tiranía que sufrían los distintos pueblos de Rhamnia, impuesta por el señor oscuro, Éomerd.
Lana se encontraba inquieta. Sus pensamientos se hallaban muy lejos de allí. Preocupada por su hijo, no sabía si podría ayudar mucho a sus compañeros; pero debía concentrarse, para poder ayudar a los suyos a defender su pueblo. Así que siguió allí, firme, junto a sus compañeros, esperando el ataque de los dragones negros.
El primer ataque no se hizo esperar. El dragón que encabezaba el grupo, bajó y lanzó una gran llamarada de fuego por la boca, pero los yozaks con su magia habían creado un escudo casi transparente, que cubría y protegía el pueblo dawk del ataque de los dragones negros. Con todo, los inteligentes eeries sabían que el escudo no aguantaría todos los ataques, de modo que, no cesaron en su empeño, y siguieron intentándolo.
-¡Cuidado! -dijo el anciano archimago yózak-. Intentad aguantad las acometidas de los dragones; si rompen el escudo, entrarán. Y del mismo modo, lo hará su ejército de tierra, los malditos damneds.
Como los eeries pensaban, las fuerzas de los yozaks poco a poco se debilitaban, y con ellas, la magia del escudo.
Uno de los dragones aprovechó un momento en el que el escudo perdió fuerza, para entrar. Se dirigió hacia los yozaks, y cogió a varios de ellos con sus garras. Luego, al levantar el vuelo, los lanzó por los aires, y murieron al caer.
El escudo terminó por desaparecer… ya que, la fuerza del grupo no era lo suficiente fuerte para mantenerlo activado.
Los dragones negros se lanzaron entonces, a arrasar el pueblo dawk. Con sus ataques, destruyeron e incendiaron el pueblo. Los erdaags intentaron ayudar a expulsar a los dragones lanzándoles flechas, pero resultaron inútiles.
Pronto apareció un nuevo peligro, otro ejército se acercaba por tierra.
El estruendo que formaban sus incansables caballos, los llamados fire-eyes, al trote; y, los gritos de guerra de los damneds, hicieron que los erdaags dejaran de prestar atención a los dragones, y buscaran con su mirada el nuevo peligro.
Los damneds entraron en Dawk. Pero enseguida, fueron respondidos por los erdaags. Mientras, los yozaks hacían lo que podían para defender Dawk de los dragones negros. Lanzaban conjuros contra ellos, y a veces, resultaban eficaces, pero, el poder de los yozaks iba disminuyendo, y no aguantarían mucho más.
Los erdaags y los damneds se lanzaron al combate. Los eeries habían sido mandados para debilitar con los dragones al pueblo dawk, e incendiar sus casas. En cambio, el ejército de los damneds tenía otra misión… la de acabar con los habitantes de Dawk, ya fueran erdaags o yozaks. Pero, no los podían matar a todos… debían dejar vivos a algunos erdaags y a algunos yozaks… Y en ambos clanes debían dejar vivos varios de cada sexo para que procrearan y pudieran contar a sus descendientes lo que ocurriría a cualquiera que se sublevara al poderoso Éomerd.
Además de ésta, los damneds tenían otra misión; debían encontrar al niño de la profecía, por el cual Éomerd había mandado atacar el pueblo dawk. Una vez lo encontraran, se lo llevarían a él, para que lo sacrificara, y acabar así con la profecía.
La batalla en un principio, se libró desigual. Los damneds tenían la ventaja de ir en caballos; en cambio, los erdaags en aquella ocasión luchaban desde tierra. Pero poco a poco, éstos fueron forzando a los damneds a combatir en sus mismas condiciones. Los obligaron a dejar sus monturas, y comenzaron a luchar de igual a igual.
Ambos luchaban con espadas, aunque, había algunos erdaags que también utilizaban arcos de una gran precisión, que les eran muy útiles para atacar a sus oponentes desde lejos.

Tanto los erdaags como los damneds eran excelentes guerreros que habían sido entrenados para el combate, pero los primeros habían comenzado antes, a los dieciocho años de edad, con que eran mejores. Sin embargo, los  últimos les superaban en número.
Los damneds en cambio, antaño fueron hombres. Pero, después de ser transformados en seres malditos, eran máquinas de matar. Habían perdido todo recuerdo anterior a su conversión. De modo que, no recordaban nada de su vida como hombres. Además, no tenían escrúpulos, algo, que se veía en su mirada ausente. Porque, desde que fueron convertidos, sus ojos eran totalmente negros; tanto la pupila y el iris, como el resto del ojo.
En un pasado, cuando fueron hombres, fueron capturados por las fuerzas de Éomerd. Aunque, tenían distintas edades, la mayoría se encontraba entre los treinta y los treinta y cinco años. A continuación, los llevaron ante los noxious, los hechiceros del mal, sirvientes del señor oscuro, Éomerd; y éstos, mediante su magia negra, los transformaron en lo que ahora son, damneds. Inmediatamente, fueron entrenados a conciencia, para obedecer a Éomerd y sus lugartenientes; y, combatir y asesinar a sus órdenes.
Luchando contra los damneds se encontraba el padre del niño de la profecía. Era el mejor guerrero érdaag que existía en la actualidad. Por ello, lideraba el ejército de guerreros de Dawk.
Khallas sabía que su esposa Lana, su hijo Érdwill, y su hermana Miramna estaban en peligro, pero también, era consciente que su deber en aquel momento era conseguir expulsar los damneds, con su ejército. De este modo, protegería al pueblo dawk, y ayudaría a su hijo a tener una oportunidad lejos, donde nadie lo conociera.
Miramna hacía ya unas horas que se había marchado de Dawk con su sobrino, Érdwill. Sabía de la dificultad de su cometido y el grave peligro que corría. Pero, por su sobrino, por su hermano, por su cuñada, por el pueblo dawk, y por todos los que estaban sometidos a la tiranía de Éomerd, debía seguir sin mirar atrás, e intentar salvar la vida del elegido, aunque tuviera que perder la suya propia.
Se preguntaba cómo les iría a los suyos en la batalla contra las fuerzas de Éomerd. Si lograrían, al menos, sobrevivir los suficientes para levantar el pueblo de nuevo. Y, sobretodo, si su hermano y su cuñada Lana sobrevivirían. Fuese cual fuese el resultado, ella tenía que poner a su sobrino a salvo. Si conseguía esto, tendría éxito. Y, si ella lograba sobrevivir en el intento… volvería a su pueblo y sabría el resultado de la batalla. Pero sino lo conseguía, no lo sabría nunca. Ella se conformaba con poner a salvo la vida de su sobrino; que era lo más importante, y la única esperanza que tenían todos, ante el poderoso Éomerd.



      Por otro lado, en Dawk, la batalla seguía…
Los erdaags aunque eran menor número, se defendían bastante bien de los damneds. Además de luchar mejor, tenían un físico privilegiado, eran musculosos y atléticos, y tenían una gran agilidad y rapidez.
Los yozaks, sin embargo, estaban siendo superados por los dragones negros. Sin la ayuda de los erdaags, estaban indefensos; y lo peor… se encontraban muy débiles.
Los dragones habían incendiado casi todo el pueblo… y también habían causado varias bajas en los yozaks.
Lana era la hija de Euferión, el mejor mago yózak; y la discípula del archimago Eléniak. Ambos, habían liderado a los yozaks en la defensa de Dawk; pero los dragones les habían ganado la partida. En este momento, estaban exhaustos, y no les quedaban fuerzas para ningún conjuro más.
Jónnar, líder de los eeries, dijo a su dragona Áfritta, que se posara en algún sitio donde tuviera a Euferión a la vista. Ésta lo buscó, y se paró en lo alto de un pequeño risco. Jónnar entonces, sacó una ballesta, y se dispuso a preparar su ataque. Lana se dio cuenta de los propósitos de Jónnar, y fue en busca de su padre para avisarlo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, le dijo:
-¡Padre, ten cuidado! -su padre se volvió para ver que ocurría, pero cuando vio el peligro del que le avisó su hija, ya era tarde para esquivarlo. Una flecha había sido lanzada por la ballesta de Jónnar… y venía en su dirección.
Cuando Euferión ya se daba por muerto; su hija Lana apareció delante de él, y lo empujó para que evitase la flecha. Pero todo sucedió tan rápido, que la flecha en lugar de alcanzar a Euferión, alcanzó a su hija Lana. Se le clavó en la espalda, mientras caía sobre su padre. Éste se incorporó junto a su hija. Cuando vio lo ocurrido, partió el trozo de la flecha que sobresalía de la espalda de Lana, y luego, abrazó entre lágrimas, a su hija.
-¿Por qué lo has hecho? -le preguntó, abatido.
Lana, moribunda, respondió:
-Padre, no llores. He vivido lo suficiente. He logrado ser una gran maga junto a Eléniak; pero, gracias a ti. He tenido un buen maestro y sobretodo un gran padre. También, he tenido un buen marido, y he dado a luz un bebé que vengará a nuestro pueblo, cuando crezca. Prometedme, que cuando alcance la mayoría de edad, lo encontraréis y le enseñaréis las costumbres y cultura de nuestro pueblo. Prometedme también, que lo prepararéis para enfrentarse a Éomerd.
-Tenlo por seguro, hija… ¡Pero, no te mueras! No sé qué haría sin ti. Si tú caes, no tendré a nadie. Desde que falleció tu madre, sólo he disfrutado de tu compañía…
Con esas palabras, Euferión vio cómo su hija Lana se desvanecía en sus brazos. A continuación, con sus dedos le cerró los ojos.
Khallas no intuía siquiera que su esposa acababa de morir. Se hallaba inmerso en la batalla con los damneds. Éstos, poco a poco, iban mermando las fuerzas del ejército érdaag; y esto les llevaba a una victoria segura, porque la diferencia entre el número de combatientes de cada bando, era aún mayor.
Aún, a sabiendas de que estaban perdidos, defendería su pueblo hasta la muerte. De modo que, fue acabando con todo el que se le ponía por delante… hasta llegar al jefe del ejército dámned. Cuando lo tuvo enfrente, ambos se miraron un momento, estudiándose.
Khallas decidió ser el primero en atacar, pero Cónnor le paró el golpe. Acto seguido, fue éste quien le devolvió el ataque. El guerrero érdaag lo esquivó con un giro de cintura. El dámned se decidió por un ataque bajo, a las piernas, pero Khallas dio un salto y volvió a evitarlo. A continuación, le propinó una patada con la planta sobre el pecho y lo dejó caer. No perdió tiempo y se lanzó sobre su enemigo,  pero Connor cuando el érdaag se abalanzó sobre él lo impulso con sus dos piernas y éste dio una voltereta en el suelo. Pronto, los dos pasaron de la defensiva al ataque y ambos consiguieron hacer sangrar a su contrario. Así, estuvieron un largo rato, hiriéndose el uno al otro, hasta que, Khallas logró alcanzar con su espada a Cónnor, y lo dejó en muy mal estado. Éste viéndose vencido, se hizo el muerto, y cuando Khallas bajó la guardia, Cónnor le clavó su daga en el estómago.
Con la muerte de Khallas, el ejército érdaag cayó ante los damneds. Y con ellos, el pueblo dawk.
Las fuerzas de Éomerd habían vencido. Sólo unos cuantos quedaron vivos. Tanto los eeries como los damneds le perdonaron la vida para que contaran lo que le haría Éomerd a cualquiera que se le revelara.
Acabada la batalla, Jónnar bajó de su dragona y se acercó a Eléniak, el anciano archimago yózak.
Los yozaks eran los que tomaban las decisiones importantes en Dawk. Eran cultos y habían dedicado sus vidas al estudio y la magia. En cambio, los erdaags dedicaban sus vidas al entrenamiento para la lucha, y a las tareas que requerían la fuerza física.
Eléniak era el yózak más sabio. Por eso, todas las decisiones importantes que se tomaban en Dawk, tenían que tener su aprobación, para darlas por buenas. Jónnar sabía todo esto. Y fue por eso, por lo que se acercó al archimago y le dijo:
-Sabes a qué hemos venido. Ahora, que os hemos derrotado, dime dónde se encuentra el maldito niño, o te mataré.
-No os lo diré nunca. Podéis matarme, pero no conseguiréis que hable -respondió Eléniak.
-¡Ah… sí…! Pues, si no habláis… mataré uno por uno, a cada dawk, hasta no dejar a ninguno con vida -aseguró, con severidad, Jónnar.
-Cobarde. No lo atormentes más. Déjalo en paz. Es un anciano, y sabes que nunca os dirá nada -expresó Euferión, que habló en defensa de Eléniak, lleno de furia.
-¿Acaso, me lo dirás tú… si perdono la vida del anciano y la de los de tu pueblo? -preguntó Jónnar, que intuía que ahora sí le dirían donde se encontraba el niño.
-No le digas nada, Euferión. El niño debe vivir -le indicó Eléniak, sabedor de que sus palabras serían en vano.
-Te diré dónde está el niño, si me prometes todo lo que has dicho -Euferión lo decía preocupado, pues ese niño también era su nieto; pero, confiaba en que Miramna se encontrase lo suficientemente lejos.
-Os lo aseguro. En un principio, esas eran mis órdenes -respondió Jónnar.
-El niño se lo ha llevado una érdaag. Hace horas que se marchó. Y lo llevará lo más lejos posible, para ponerlo a salvo -dijo Euferión, resignado.
-¿En qué dirección partió? -preguntó Jónnar.
-No llevaba dirección premeditada. Así, lo decidimos, para que fuera más difícil que la encontrarais, si nos vencíais; como así, ha sido -respondió Euferión, que, aunque decía la verdad, no sabía si Jónnar lo creería.
-Espero, que digas la verdad… de lo contrario, os mataremos a todos -declaró Jónnar. A continuación, ordenó a Cónnor, lo siguiente;
-Id tras esa érdaag, y no parad hasta encontrarla. Traedme al niño… con ella podéis hacer lo que os plazca.
Cónnor reunió a varios de sus mejores jinetes y salió en busca de la érdaag. Si la encontraba, tendría al niño.
No sabía que dirección había tomado. Por eso, mandó por delante a algunos wardogs, para que buscaran su rastro.
Éstos parecían una mezcla de animales de nuestro mundo, como: la hiena, el diablo de tasmania, el chacal, el lobo o el dingo. Medían un metro de alto, por dos de largo, y eran utilizados por los sirvientes de Éomerd, para tres cosas: como montura, para rastrear, y para la lucha.
Normalmente, se utilizaban como montura de los godlies, seres que también estaban bajo el mando del señor oscuro. Pero, también los utilizaban éstos y los damneds como rastreadores, porque tenían un olfato que podía oler a su presa, a muy larga distancia.
Los wardogs eran increíblemente fieros, y además, muy voraces. En la lucha, servían a los godlies atacando, como un guerrero más.



      Cuando amanecía, los wardogs encontraron el rastro de la muchacha érdaag. Aún, se encontraba lejos; pues su rastro era débil.
Miramna seguía aún en el gran bosque de yélmax, situado, en los alrededores de los riscos donde se encontraba Dawk.
Iba montada a caballo, y sujeto a su pecho, llevaba a su sobrino. De esta manera, le quedaban las manos libres para sujetar las riendas. Pronto, supo que la perseguían, porque, en la lejanía, oyó el ladrido de los wardogs. Junto con ellos, debían venir los secuaces de Éomerd.
Miramna aligeró el trote, pero, la distancia entre ella y sus perseguidores se iba acortando, pues, tanto los wardogs como los fire-eyes eran mucho más rápidos que su caballo.
En el momento, que Cónnor tuvo a Miramna al alcance, lanzó con una ballesta que le habían prestado los eeries, una flecha al caballo. Este, al ser alcanzado, cayó al instante, de modo, que Miramna tuvo que seguir a pie.
Acababa de amanecer, cuando los wardogs la alcanzaron. Estaba acorralada, sin salida. Se encontraba al borde de un precipicio que caía hasta el Río Yélmax. Allí, se paró.
Retrocedió unos pasos más, al ver que los wardogs avanzaban poco a poco hacia ella… unas pequeñas piedras cayeron entonces, por el barranco. Miramna miró hacia abajo y vio como éstas se despeñaban hasta el río. No obstante, delante de ella tenía a los wardogs, y tras ellos llegaron los damneds. No tenía salvación, o moría a manos de los wardogs y los damneds para salvar a su sobrino en un intento inútil, o se lanzaba al río con él… en cualquier caso, lo más probable es que ambos perecieran.
Cónnor tenía enfrente a la muchacha érdaag con el niño. Los tenía acorralados. Su misión sería un éxito. Jónnar y el señor oscuro lo recompensarían por ello… y gozaría de la admiración de su ejército.
-Entrégate junto al niño, o morirás en las fauces de los wardogs. El niño, en cualquier caso, morirá a manos de nuestro señor.
Cónnor dio la orden a la muchacha, pero ésta se mostraba reacia. Si se entregaba, moriría, al igual que su sobrino. Miramna recordó entonces, la profecía; si era cierta, su sobrino sobreviviría… por lo que cabía una posibilidad de que si se lanzaba al río, al menos su sobrino seguiría con vida.
Tras meditarlo, se decidió.
-No os daré el privilegio de morir a vuestras manos.
Miramna se puso en manos del destino, y se lanzó al precipicio.
La érdaag cayó, pero, mientras caía hacia el río, logró agarrar una rama que había en la pared del barranco. Ésta no aguantó el peso, y se quebró. Miramna se hundió de una fuerte sacudida en el río. Por suerte, la rama había logrado frenar la caída, pero no logró evitar que se golpease con una roca del fondo del río.
El fuerte golpe la dejó inconsciente… y la corriente entonces, la arrastró.
Poco después, despertó en la orilla del río. Estaba llena de sangre y magulladuras que se hizo al caer por las paredes del precipicio; y en la cabeza tenía una fuerte brecha.
Miramna descubrió que su sobrino no estaba con ella…
…lo buscó desesperadamente, y al instante sintió sus lloros… luego seguía vivo. Miró hacia el lugar de donde provenían, y vio a su sobrino también en la orilla, no lejos de ella. Lo cogió, lo besó, y lo abrazó entre lágrimas. A continuación, tomó su ropa desgarrada y llena de sangre, junto con los trapos hechos jirones del niño, y los dejó en la orilla para que los wardogs no les siguieran. Iría río abajo, y cuando les perdiera el rastro, seguiría a pie, por tierra.
Cónnor miró por el precipicio y no vio a la érdaag por ningún lado.
-Seguro que han muerto. Nadie sobreviviría a una caída así -le dijo, uno de sus guerreros.
-Bajad y aseguraros de que es así -ordenó Cónnor a los damneds que le acompañaban.
Cuando los damneds llegaron al río, había pasado un rato desde que Miramna se marchó. Los wardogs no obstante, encontraron las ropas desgarradas y llenas de sangre. Ella misma las había dejado allí para que no la siguieran.
Miramna tuvo mucha suerte, porque, aunque ella sólo dejo sus ropas con la intención de que no les siguieran el rastro. Los damneds los dieron por muertos. Creían que algún animal carnívoro del río, o sus cercanías, se los comió, tragándose sus huesos… y dejando sólo parte de sus ropas, desgarradas y llenas de sangre.
De modo que, Cónnor los dio por muertos. Y sin perder tiempo, se marchó a comunicárselo a Jónnar.
Miramna tras dejar el río, cubrió su cuerpo semidesnudo con una túnica con capucha oscura que robó de las cercanías del río, a alguien que se daba un remojón.
Luego, siguió corriendo con el bebé, buscando un camino cercano por donde solían pasar comerciantes que viajaban a diario, de los pueblos a la ciudad de Garath, y viceversa.
Miramna se sentía muy débil; las heridas de la caída le habían hecho perder mucha sangre. Sabía que estaba muriendo, con que debía darse prisa en llegar al camino para entregar al niño a alguien que lo cuidara.
Enseguida lo encontró, y vio que a lo lejos venía un carro.

Decidió esperar a que llegase…

Cuando éste se situó lo suficiente cerca, Miramna se interpuso para que parase. El carro lo dirigía un hombre mayor, pues su pelo era algo canoso. Pero a simple vista, parecía un buen hombre.
Cuando vio a la érdaag, detuvo el carro, y Miramna le pidió auxilio.
-Por favor, cuidad de este bebé por mí. Yo ya no podré hacerlo -le rogó Miramna.
Thomas, se fijó en la muchacha érdaag. La encontró malherida, con sangre, y un fuerte golpe en la cabeza; y apenas, se tenía en pie.
-¿Qué os ocurre? -preguntó Thomas, preocupado por el estado de Miramna.
-Escúchame… éste bebé no debe caer nunca en manos de los secuaces de Éomerd -le aclaró Miramna. En ese momento, le dio un mareo y cayó al suelo.
-¿Por qué? ¿Quiénes sois? -preguntó Thomas, intrigado.
-No me queda tiempo para explicártelo. Sólo te diré que el bebé se llama Érdwill. Prométeme que lo cuidarás, y que Éomerd no descubrirá que es el elegido, hasta que el pueblo dawk lo reclame, y lo haya instruido -le suplicó Miramna, con un sobreesfuerzo que la dejó sin aliento.
-Te lo prometo. Puedes confiar en mí -le dijo Thomas a Miramna.
-Gracias… haces… lo correcto.
Éstas fueron las últimas palabras que logró pronunciar Miramna. La érdaag murió en los brazos de aquél hombre. Éste, miró al bebé, y le dijo:
-Conmigo, estarás a salvo.
Luego, subió en su carro con el pequeño, y prosiguió su camino.




Cónnor llegó hasta Jónnar y le explicó lo sucedido. Resignados, se marcharon para informar a su señor.

Mapa Rhamnia




Capítulo 1 de Dragonstones 1

   
         
                    
KEVIN, ÉRIC Y SUSAN

       
La historia de estos dos chicos y esta chica que según la profecía impedirán que Ízmer logre sus propósitos, comienza aquí, en el mundo de los humanos, en un caluroso día de junio, en la ciudad de Quincy, en el estado de Illinois, (Estados Unidos).


  
Kevin, un muchacho de quince años, estaba sentado en su pupitre escuchando a su profesora Lory; pero al mismo tiempo, no dejaba de mirar el reloj. Los minutos se le hacían interminables porque estaba deseando que sonara la sirena que daría por finalizado el curso de aquel año.
Estaba contento porque con las soñadas vacaciones tendría tiempo libre para divertirse junto a su mejor amigo, Éric; y junto a la hermana de éste, Susan.
Habían quedado para ir de pesca al día siguiente, a un río que se encontraba cerca de donde vivían sus abuelos, Samuel y Sara; en una casa de campo, algo retirada de la ciudad.



Llegó la hora de salir, y tras despedirse de su profesora y sus compañeros, recogió sus cosas y se marchó de clase con la intención de encontrarse con Éric. Se conocían de pequeños. Vivían cerca el uno del otro, y aunque era un año mayor que su amigo, siempre se habían llevado muy bien. Ambos tenían en común tres cosas: eran cariñosos, les gustaba divertirse a lo grande, y disfrutaban con buenas aventuras. Pero al contrario que su amigo, un chico inquieto y travieso, el tenía la madurez y sensatez necesarias para controlarse antes de cometer una locura.

Los dos tenían el pelo liso y rubio, aunque Éric lo tenía algo más oscuro, tirando a castaño; y algo más corto que Kevin, que lo llevaba a media melena. Pero no sólo se parecían en eso, también tenían el mismo color de ojos, azul turquesa. Aunque, no todo eran similitudes… el mayor tenía un tono de piel más oscuro que el más pequeño. Esté color  dorado, en contraste con su pelo rubio y su tono de ojos, le daba un singular atractivo que le hacía irresistible a ojos de las chicas.




A la salida del colegio, como Kevin imaginaba, su amigo y la hermana de éste, Susan, le estaban esperando. La chica era la más joven de los tres, con trece años de edad. Pero a pesar de ello, era más responsable e inteligente que ellos.
La muchacha, al igual que los dos chicos, tenía el pelo rubio y los ojos azul turquesa. Era muy guapa, y se sentía atraída por Kevin, porque lo veía un chico guapo y maduro para su edad. Además, tenía algo que era muy importante para ella… tenía un gran corazón; porque no podría ser tan amigo de su hermano, si no fuese así.



  Cuando se acercó a los chicos,  lo saludaron:
 -Hola -dijeron los dos hermanos.
 -Hola -contestó él, contento de verles.
 -¿Que tal tus notas? –le preguntó Susan.
 -Bien, ¿y vosotros? -les preguntó él, interesándose.
 -Mi hermana, la empollona, excelente como siempre -respondió    Éric, con algo de envidia, y luego con desánimo, prosiguió                                                                                                                                                                        -. Pero, yo he suspendido varias y tengo que recuperar en septiembre, si quiero pasar de curso. Aunque, no creo que consiga aprobar Mates, pues se me dan fatal y son un aburrimiento.
 -Ya verás, como lo consigues -le dijo, con intención de animarlo.
 -Sí, porque yo no quiero tener a este pelmazo en mi clase –dijo ella, con temor a las comparaciones que harían sus compañeros, al ver lo diferentes que eran en los estudios-. ¡Ni yo, a esta empollona! -replicó Éric, con una expresión de rechazo en su rostro. Kevin salió al paso, con la intención de calmar la situación.                                                                                                   
 -Bueno, olvidar el colegio. Hoy comienzan las vacaciones y mañana iremos al río a pescar, porque ¿no habréis cambiado de idea, verdad?
 -No, estoy deseando ir -dijo Éric, que estaba entusiasmado con la idea. Su hermana Susan, también estuvo de acuerdo, así que siguieron hablando de los preparativos para el día siguiente, y de lo bien que se lo iban a pasar.
Cuando terminaron la conversación, se despidieron y se marcharon a sus casas.



Llegó la noche, y los tres chicos no podían dormir…

Kevin, porque mañana vería a sus abuelos, a los que llevaba tiempo sin ver, debido a que vivían en el campo.
Éric, porque mañana lo pasaría en grande, explorando el bosque, e intentando pescar más peces que su amigo.
Y Susan, porque mañana estaría todo el día junto a su querido amigo. Se ruborizaba, sólo con pensarlo.
Al final, el sueño pudo con ellos y los tres se durmieron, plácidamente. Tanto fue así, que al día siguiente se quedaron dormidos y sus padres tuvieron que despertarlos.



Desayunaron bien, y recogieron todo lo que el día anterior prepararon. Luego, se reunieron a medio camino entre ambas casas, y se marcharon en el coche de los padres de Kevin.

Tras una hora de camino, llegaron a su destino. Era una casa de madera, muy acogedora; sobretodo, en invierno, gracias a una gran chimenea de leña que Samuel encendía. Junto a ella, todos se reunían y recordaban buenos momentos. La casa tenía una granja con muchos animales y un cercado con varios caballos muy dóciles. Debido, en gran parte, al tiempo que el abuelo les había dedicado.

Tras saludarlos y charlar un rato con ellos, Kevin les pidió permiso, para mostrar los caballos a sus amigos. El abuelo Sam se lo concedió, porque tenía la tranquilidad de que tanto su nieto como los animales no iban a crear problemas. Él, desde hacía un tiempo, siempre que venía a aquella casa había tomado por costumbre montarlos; y esta vez no iba a ser menos. Se subió en el que cabalgaba siempre, el mismo con el que el abuelo le había enseñado; y salió de la cerca. Había aprendido, en una temporada que pasó con ellos, mientras sus padres visitaban a su abuelo paterno, que estaba enfermo y que un mes más tarde murió. Después, cada vez que  volvía a verlos, mejoraba su forma de montar. Y en poco tiempo, llegó a hacerlo como lo hacía ahora. Tras salir de la cerca, Kevin dio un paseo alrededor de ésta. Éric y Susan, que lo estaban mirando, pudieron comprobar que su amigo era un consumado jinete; por lo que le pidieron a él y al abuelo Sam que les dieran unas clases de iniciación. Los dos accedieron, y enseguida comenzaron con ellas.
Como ambos era unos excelentes profesores, los chicos aprendieron rápidamente lo necesario para montar sin temor a caerse. Una vez, le hubo mostrado éstos, les enseñó el resto de los animales que había en la granja. Cuando terminaron de verla, era mediodía.

Los chicos hicieron una breve pausa para comer. Cuando acabaron recogieron rapidamente sus cañas y las cosas que necesitaban. Luego, se despidieron de los padres y los abuelos de Kevin, y se marcharon a pescar al río, montados a caballo.



Media hora después de adentrarse en el bosque, llegaron. Los tres bajaron de sus caballos y dejaron todo lo que llevaban en el suelo. Cuando los animales terminaron de beber, los ataron en un lugar donde tenían hierba fresca para comer, mientras ellos pescaban.
Los muchachos cogieron sus cañas y algunas cosas más, y se metieron en el río, por una zona donde el agua sólo les llegaba por encima de las rodillas.
Aunque cada uno utilizaba un anzuelo distinto, todos confiaban en pescar algo. Y así fue. Al cabo de unos minutos, Kevin pescó el primer pez. Mediría unos cuarenta centímetros. No era demasiado grande, pero era el único que había pescado algo.
Más tarde, Susan también pescó uno, pero este era enorme. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para sacarlo, tanto, que cayó hacia atrás y se mojó parte de la ropa.
Su hermano y su amigo no pudieron contenerse y empezaron a reírse de la situación. Susan, al ver a Kevin se ruborizó; pero la situación cambió, porque al ver el pez que ésta pescó, fueron ahora los chicos los que se avergonzaron.
Tras hora y media, era Kevin quien había pescado más peces, aunque, ninguno se asemejaba al de Susan. Pero Éric no se dio por vencido y subió por una pendiente a una parte más alta del río, donde pensaba que habría más peces.

Cuando alcanzó la cima, vio algo que no esperaba, había una cascada que caía unos veinte metros.
 -¡Eh, chicos… venid a ver lo que he encontrado aquí!                                                            
 -¿Que has encontrado, Éric? Seguro que son peces... ¿verdad?        - preguntó Kevin.
 -No, es algo mejor. Es una catarata, y debe medir de quince a veinte metros -contestó Éric, entusiasmado.
Kevin y Susan subieron también. Al verla, quedaron tan impresionados como él. Éric decidió subir aún más arriba, para acercarse a ella. Llegó justo a su lado, y descubrió algo que le asombró aún más. 



Él siempre había deseado encontrar una, y ahora la tenía frente a sí.
 -¡Venid chicos, detrás de la catarata hay una cueva, no es estupendo!
Kevin y Susan quedaron sorprendidos por el descubrimiento, pero acudieron junto a él.
 -¿Cómo será la cueva por dentro? –le preguntó su amigo.
 -No sé, pero no pienso quedarme aquí sin saberlo -contestó Éric.
 -Pues a mi me dan escalofríos solo con pensar en entrar en ella. Pero haré, lo que Kevin decida -opinó Susan, esperando la respuesta de éste.
 -Por mi parte, apuesto por que entremos; pero antes, esperad aquí, junto a la entrada. Iré a por las cosas.

Kevin fue y recogió las mochilas. Éstas llevaban: cantimploras, comida, navajas, y linternas. También, los peces que pescaron. Pero dejó las cañas porque no creía que las necesitasen en la cueva. Luego, subió por la pendiente y regresó junto a sus amigos.
-Tomad vuestros peces y vuestras mochilas. Ah, sacad las linternas, las necesitaremos dentro.
Cada uno se colgó la suya a la espalda. Además, en una mano llevaban el recipiente con los peces, y en la otra, la linterna. Decidieron no perder mas tiempo, y entraron en la cueva.



Los muchachos avanzaron hacia el interior, iluminados por la luz de sus linternas. En un principio, no era muy ancha; pero sí, lo suficientemente alta para caminar de pie. Conforme avanzaban, enseguida notaron un frío y una humedad que iban en aumento. Poco a poco, la cueva se hacía más ancha y alta, hasta llegar a una apertura mayor, donde Kevin, que marchaba delante, se detuvo y dijo:
 -El pasadizo termina en una gruta. Id despacio, y mirad donde pisáis.
Éric y Susan llegaron hasta él. Después, los tres, allí parados, iluminaron la gruta con sus linternas; antes, de seguir adelante. Ésta tendría unos diez metros de altura. Estaba llena de estalactitas y estalagmitas, y en el suelo tenía agua. Además, el aire estaba muy húmedo y viciado. 
Al iluminarla más a fondo, descubrieron que por encima del agua había un puente formado por la erosión de la roca a lo largo de los años.
 -Sigamos adelante, no podemos retroceder ahora, sin haber visto antes el resto de la cueva -animó Éric a su hermana.
Armados de valor, se dispusieron a cruzar el puente. Mientras lo pasaban, vieron que al final de él había una entrada parecida a la que había cuando entraron en la gruta. Lo pasaron y llegaron a la nueva entrada. Entonces, se miraron entre ellos, y los tres pensaron lo mismo, (¿dónde les llevaría?).
La nueva era más alta que la anterior. La cruzaron, y siguieron por otro pasadizo más corto que el de antes. Poco después, llegaron al final… y había una cueva sin salida. Los muchachos la iluminaron y vieron que en el fondo de ella había una piedra transparente incrustada en la pared. Éric dijo entonces:
 -¿Qué hará una piedra sola en la pared de una cueva? Es raro, debe de haber más por el resto de la gruta.
Kevin y Susan la iluminaron toda, pero no había más piedras como aquella, ni ninguna del estilo.
 -Parece que sólo está ésta -indicó Susan a su hermano.
 -Acerquémonos para verla mejor -dijo Kevin, mientras la enfocaba con su linterna-. ¿No os parece extraño que se encuentre aquí, tan escondida, incrustada en la pared de roca, y que no haya ninguna más?
 -Sí, además parece como si estuviera puesta aquí a propósito para que alguien la extraiga.  ¿No os habéis fijado en sus bordes? No están incrustados en la pared. Creo que si utilizamos una navaja, la podríamos extraer con facilidad -opinó Éric, seguro de que estaba en lo cierto. Kevin sacó una navaja de la mochila y la introdujo entre la piedra y la roca. Al principio,  no se desprendía, pero poco a poco, ocurrió algo insólito… de sus bordes salió un haz de luz de hasta ocho colores: el verde, el azul, el rojo, el blanco, el negro, el bronce, el plateado, y el dorado.
Al verlo, se apartaron de ella por si ocurría algo peligroso. No iban mal encaminados, porque la pared de la roca comenzó a temblar, y enseguida, la piedra se desprendió, cayéndose al suelo. Los chicos esperaron para ver si ocurría algo más; y sucedió algo sorprendente… comenzaron aparecer palabras luminosas en la piedra. Así que fueron leyéndolas, una por una. Cuando éstas formaron una frase, la piedra cesó.
 -¿Habéis leído los dos lo mismo que yo? -preguntó Kevin.
 -Si no me he equivocado, la frase que he leído dice algo sobre si queremos descubrir todo el poder de La Piedra Multicolor, tenemos que tocarla -dijo Susan, que siempre leía bien y rápido en clase.
 -¿Qué hacemos chicos? -preguntó Kevin, indeciso, pues nunca se había encontrado en una situación como aquella.
 -Yo digo que la toquemos, sino lo hacemos, nunca sabremos que habría ocurrido -contestó Éric, que nunca rechazaba una oportunidad así.
Susan, que era más responsable y madura que su hermano, no estaba de acuerdo.
 -No creo que debamos tocarla. No sabemos que puede pasar si lo hacemos. Podemos correr un gran peligro, del que nos lleguemos a arrepentir.
Kevin no sabía que pensar, porque para él, los dos tenían algo de razón.
Tras meditarlo bien, dijo:
 -Creo que no es casualidad que hayamos descubierto esta cueva; como tampoco lo es que hayamos encontrado esta piedra. Lo pienso porque, como habéis visto, es mágica. Y si la magia ha decidido que seamos nosotros quienes toquemos esta piedra... por mi parte, digo que lo hagamos.
Los dos chicos pensaban lo mismo. Asi que, al ser mayoría, Susan no tuvo más remedio que aceptar. Aunque esta vez, no estaba nada de acuerdo con su querido Kevin.
Cuando se aproximaron a cogerla, aparecieron de nuevo palabras en ella, que decían esto: “No es necesario que todos toquéis La Piedra Multicolor, sino que basta con que forméis una cadena”
Susan se agarró entonces a su hermano Éric de la mano, y éste a su vez, a Kevin... que tomó la piedra.



Al instante, los tres chicos junto con la piedra desaparecieron… y la oscuridad se hizo en la cueva.