viernes, 27 de junio de 2014

Capítulo 6 de Las Crónicas de Érdwill 1





ÁRIAD


     Fhimias había regresado a su pueblo. Situado en una zona desértica, árida y seca, sus gentes pasaban muchas necesidades debido a la falta de agua y alimento.
El árido, al igual que le sucedió a Érdwill, había sido arrancado de los brazos de su pueblo cuando sólo era un niño, por los damneds, para llevárselo a las canteras.
Ahora, había regresado, ya adulto, y no uno cualquiera. Cuando se lo llevaron era el príncipe de Áriad. Durante su ausencia, sus padres habían muerto debido a una enfermedad que afectó a su pueblo. Ahora que había vuelto, sería el rey de Áriad.



Lo primero que hizo cuando se enteró de la trágica noticia, fue visitar el lugar donde estaban enterrados sus cuerpos. Allí, les hizo ofrendas de pieles, y, collares de huesos y colmillos de animales. Luego, pronunció unas oraciones.
Seguidamente, se quedó en silencio con los ojos cerrados y las palmas de las manos unidas, con las puntas de los dedos hacia arriba, apuntando hacia el cielo, donde estaban los tres soles: el más grande y de color amarillo, Kaladion, el mediano y de color naranja, Thántalas, y, el pequeño y de color rojo, Ométher. Sus nombres, según su religión, hacían referencia a los tres dioses hermanos; lo mismo que ocurría con las dos lunas, Illieni y Nesari, que hacían referencia a las diosas hermanas de éstos, todos hijos de los dioses Crión y Yaliena.
Tras dedicarles unas oraciones a sus padres fallecidos, y rogarle a los dioses de los tres soles a los que veneraban todo su pueblo, que se ocupasen de sus almas, Fhimias abrió los ojos.


Su tono, como el de todos los áridos, se hacía más intenso cuando estaba cerca de su pueblo. Allí, casi siempre estaba soleado, y la fuerte luz de los tres soles provocaba que el color dorado como el oro del iris de sus ojos, brillase aún más.
El clima tan caluroso de estas tierras, se notaba en el físico de los áridos, que lucían un tono de piel moreno tostado, que no llegaba a ser el negro de los humanos del reino de Zénor.
Este calor y la falta de agua y alimento, también se notaba en la extrema delgadez que esta raza tenía. Y, aunque lo lógico era que fuesen bajos, debido a la falta de alimento, no lo eran, al contrario, eran altísimos, medían entre metro con noventa, y dos metros de altura. Esto se lo debían a la leche de los yutas, (unos animales parecidos a las vacas, con cuernos como los carneros, pero en espiral, y, con un pelaje parduzco), que era su principal alimento, y era muy beneficiosa para el crecimiento de sus huesos.
Al hacer tanta calor en Áriad, sus habitantes iban casi siempre semidesnudos, sólo cubrían sus partes íntimas con pieles, normalmente utilizaban la del yuta; y se adornaban el cuerpo con aros y brazaletes de oro, o, collares de huesos o colmillos.
A pesar de ir semidesnudos, eran muy coquetos con su pelo que era de color amarillo como el fuego de sol Kaladion.
Dedicaban mucho tiempo cuidándolo, y lo llevaban hecho trencillas muy finas, que le resultaban muy adecuadas para el calor. Quienes tenían el pelo más largo, lo sujetaban en una cola para mayor comodidad. Fhimias no la necesitaba, porque sólo lucía una media melena.




Al día siguiente, los áridos habían preparado todo para proclamarlo rey.
Desde la muerte de sus padres hasta entonces, lo había sido provisionalmente, el árido más anciano. Éste puso sobre el cuello de Fhimias el medallón que representaba al sol Kaladion, proclamándolo así rey de Áriad.
Todos los áridos estaban allí reunidos presenciando el nombramiento.
Tras la entrega del medallón y la bendición con un beso en la frente del anciano árido, Fhimias se puso de pie y se volvió hacia su pueblo, al que ofreció unas palabras:
-Prometo hacer todo lo que esté en mi mano para que os sintáis orgullosos de vuestro rey. Espero al menos representaros tan bien como lo hicieron mis padres, y prometo defender este pueblo hasta el último suspiro, de cualquier amenaza -tras pronunciar estas palabras, el pueblo gritó al unísono:
-¡Alabado sea el Rey Fhimias!

Seguidamente, comenzaron las celebraciones.




Unos danzaban y saltaban en círculo. Mientras, alrededor de ellos estaban situados los demás, comiendo y divirtiéndose. Así, pasaron la tarde y parte de la noche, hasta que vencidos por el cansancio y el sueño… se retiraron a descansar.




Al día siguiente, Fhimias salió junto a algunos áridos más a ver los alrededores de su pueblo. Quería saber en qué estado se encontraban, a cuanta distancia se podía encontrar agua y que cantidad, los animales y frutos que podían servirles de alimento, y la situación geográfica en la que estaba situado su pueblo, por si debían reforzar las defensas ante un posible ataque.
Sus monturas eran los rinofantes, unos animales enormes que llegaban a medir hasta ocho metros de altura, y que, por su aspecto, parecían una mezcla hecha entre elefante, mamut, rinoceronte y triceratops. Tenían colmillos de mamut abajo, y más arriba dos de elefante. En la unión de la cabeza con la trompa tenía dos cuernos de rinoceronte, y en lugar de las grandes orejas de los elefantes, tenían una coraza con cuernos como los triceratops, alrededor de la cabeza. Además, la forma de su cuerpo se asemejaba a los elefantes; sin embargo, era  incluso más dura que la de los rinocerontes asiáticos, tanto que su piel parecía una armadura.
Hacía mucho tiempo que Fhimias no subía en un rinofante; desde que lo hacía con su padre, de niño, no lo había vuelto a hacer. No estaba acostumbrado. Por eso, en el rinofante que él estaba subido llevaba un jinete-guía que lo dirigía. Él iba detrás en una especie de trono, cubierto por una tela, para resguardarlo de los tres soles.
Además de su rinofante, marchaban dos más con otros dos jinetes-guía, y un grupo de áridos que lo escoltaban.
Los jinetes-guía llevaron a su rey hasta el lugar donde recogían el agua. Habían descubierto aquel sitio, tras seguir a los animales que siempre estaban cerca de aquella zona.
El agua se hallaba en un oasis situado a tres horas al sur de Áriad. Allí, había agua suficiente hasta que llegaran las siguientes lluvias. Fhimias se alegró de que su pueblo tuviera agua para beber durante una temporada.
De modo que, llenaron las tinajas de agua, cazaron varios animales, y recogieron dátiles y otros frutos.
Cuando regresaron al pueblo, Fhimias mandó repartirlo todo. Después, ordenó también que excavaran la tierra hasta hallar agua en algún lugar del pueblo, y que cuando la encontraran, hicieran un pozo.

Al final, lograron su propósito, e hicieron el pozo. El rey dijo por último, que crearan una muralla exterior fabricando grandes ladrillos a partir de arena y agua. Ésta se comenzó a construir, y, poco a poco, con la ayuda de Fhimias y el esfuerzo del pueblo, Áriad comenzaba a prosperar. 

Capítulo 6 de Dragonstones 1





NOCHE DE TORMENTA

     
   Llevaban ya unas horas de viaje desde que dejaron Longoria… y Éric no había dejado de observar a todas aquellas personas, tan diferentes, que los acompañaban. Se fijaba sobretodo, en los ángeles. Antes, pensaba que no existían, y nunca se había imaginado ver alguno. Aunque no creía en ellos; los imaginaba diferentes, sin armadura y semidesnudos.

Poco después, éstos que viajaban volando a cierta altura, bajaron para poder hablar con Silvan.
 -Se acerca una tormenta. A lo lejos, hemos visto las montañas medianas. Quizás podamos alcanzarlas antes que comience, y refugiarnos en ellas, si aligeramos el paso -le comentó Láslandriel a Silvan.
 -¡Está bien, todos a galope hacia las montañas! 

Comenzaron a cabalgar, y el enano, que iba en el poni, se descolgaba de ellos, al igual que el pequeño unicornio.

Por fin, alcanzaron las montañas.

Allí siguieron un camino que había entre éstas y el bosque de half. Se llamaba así porque iba a parar a la aldea del mismo nombre. Un lugar dónde no vivían hombres, sino uno de los tres tipos de medianos que existían en Shakával, los halflings. Una raza que trataba siempre de vivir en paz.

Poco después, comenzó a llover. Lo hacía con bastante intensidad. Así, que tuvieron que buscar un sitio donde refugiarse.
Algo más adelante, Silvan, el líder del grupo, encontró una cueva que era bastante grande, y servía para que todos se refugiasen de la tormenta.
Tristan recogió algunas ramas húmedas para prender fuego, pero éstas tardaron en hacerlo. Al final, se formó una buena hoguera.

Todos estaban empapados y hambrientos…

Los muchachos, que estaban menos acostumbrados a mojarse, les castañeaban los dientes… del frío que tenían. Susan estaba pálida y mostraba los mismos síntomas que Éric y Kevin, pero en cambio, ella tenía fiebre. Tristan la cogió en brazos y la recostó sobre una manta; luego, Eléndil le preguntó por el frasco que llevaba. Al mago le resultaba conocido, pues había visto alguno igual, anteriormente.
Susan le contó como lo consiguió, y éste prefirió utilizarlo en otra ocasión, más necesaria; sabedor que llegaría, tarde o temprano.
Luego, sacó de uno de sus saquillos unas hierbas que posteriormente machacó con unas piedras. A continuación, con un pequeño frasco cogió algo de agua de lluvia. Inmediatamente, echó un poco de la sustancia que resultó, en el frasco… lo removió todo, y se lo dio a Susan.
Ésta se lo tomó, y comprobó que estaba amargo, pero confiaba en que se pondría mejor.
Poco a poco, la chica fue cerrando los ojos, hasta relajarse y finalmente, quedarse dormida. Mientras, los demás aprovecharon para sacar algo de la comida que tenían guardada para el viaje a Loft, y comer algo frente al fuego.

Isilion decidió ser el primero en montar guardia.

Silvan, el líder del grupo, era el general del ejército longoriano. Un hombre serio y valiente, e igualmente, listo y guapo.
Con treinta y tres años de edad y un metro con ochenta y cinco de altura, lucía una agraciada figura. Además, tenía la piel morena y el cabello… liso, largo y negro; y lucía unos ojos azul claro, que iluminaban todo su rostro.
Sus ropas eran… una cota de malla, que le cubría todo el brazo, la típica ropa del ejército longoriano; que consistía en una túnica marrón oscura, en el caso del general, y azul en el caso de los soldados, sin mangas y cuello de pico, sujetada con un cinturón y que llegaba por debajo de la rodilla, con una raja a cada lado, para mejor movilidad de las piernas. En medio del pecho, tenía el símbolo de Longoria… que consistía en un fénix. Llevaba también, una capa con capucha de color azul marino. Sus pantalones eran de color lila oscuro, llegando a ser casi negros; por último, llevaba unas botas y unos guantes marrones oscuros.
En cuanto a armas, sólo llevaba una espada y una daga.

Kevin miró a su alrededor, y casi todos estaban dormidos. Sólo él, Isilion que vigilaba, y Silvan que estaba pensando en el viaje a Loft, estaban despiertos.
Eric estaba junto a su hermana, durmiendo. Eléndil y Lana yacían por otro lado. Ilene y Láslandriel, que eran pareja, dormían juntos… ella entre los brazos de él. Justin estaba durmiendo justo al lado. Y los demás… Tristan, Gúnnar y Mialee; dormían solos, entre los otros.



   A la mañana siguiente, amaneció un día espléndido. Por eso, cuando todos despertaron, quisieron salir fuera de la gruta, para ver la zona. Susan ya se encontraba bien, así que desayunó algo de sopa caliente, que preparó Lana.


La aprendiz de maga, poco después, se adentró en el bosque de half para buscar unas hierbas que su maestro Eléndil necesitaba. Llevaba tiempo junto a él, porque ella quería aprender ilusionismo, una rama de la magia, entre muchas otras, que él sabía y dominaba casi a la perfección, pues era un mago de mucho prestigio.
Nativa de Longoria, se unió a su maestro porque éste era el mejor mago de todo el reino; ahora, tenía veinticinco años, y era una muchacha atractiva e interesante, tanto en físico como en personalidad. Medía alrededor del metro con setenta y dos, y tenía una larga melena lisa y pelirroja, muy cuidada… y unos grandes ojos claros, con hermosas pestañas.
Como aún no vestía la túnica de ilusionista de color gris, debido a que sólo podían vestir túnicas, aquellos magos que había alcanzado el cuarto nivel de magia… iba vestida con un traje ajustado, verde esmeralda, unas medias lilas, y unas botas, marrón pardo. También llevaba unos guantes muy ceñidos a la mano de color rosa; que le daban un toque muy femenino. Por último, llevaba una capa de color lila, mágica, que la volvía invisible, cuando ésta se ponía la capucha. Era un regalo de Eléndil. Se lo hizo no hace mucho tiempo; el día que cumplió diez años de aprendizaje junto él. Ella se unió a él, muy joven, a la edad de trece años. En Longoria, eran los magos, los caballeros, los clérigos, y lo físicos, los que gozaban de mayor prestigio; y a ella le gustaba la magia, y como era lo único a lo que podía optar… eligió ser maga.

En ocasiones como ésta, que salía fuera de Longoria con Eléndil, y podía enfrentarse a grandes peligros… llevaba además de la capa, una espada corta en su cinturón.



Después de adentrarse en el bosque, llegó a una pendiente… un pequeño precipicio, donde encontró las plantas que su maestro le había mandado buscar. Intentó alcanzarla, pero no lo logró. Entonces, se tendió sobre la hierba y alargó la mano todo lo que pudo, para cogerla, pero no lo consiguió. Se arrastró un poco más hacia abajo, y por fin consiguió su objetivo. Aunque, al instante, cayó rodando por el precipicio... Suerte, que se frenó en seco… porque el pie se le enganchó en una raíz que salía del suelo.
La situación era ésta: quedó enganchada por el pie, colgada boca abajo, justo al final del barranco. No podía soltarse sola, porque… aunque tenía una espada, era tan corta que no alcanzaba la raíz. Así que, cuando vio que no podía soltarse por sí misma… pidió ayuda. Pues la magia que ella aprendía, el ilusionismo, no le servía de nada.
Silvan, que se encontraba en ese momento cerca de allí, la oyó y acudió en su ayuda.
Enseguida llegó y la despojó de la raíz, la cogió en brazos… y la recostó sobre el tronco de un árbol, para examinarle el tobillo… que por suerte, sólo se había torcido.
Le quitó entonces la bota, y tenía el tobillo hinchado.

 -Silvan, las hiervas que he venido a buscar, sirven también, para bajar la inflamación -le explicó.
Éste le puso una hoja de la planta sobre el tobillo. Luego, desgarró una tira del vestido de ella, y se lo vendó. Después, cogió el resto de la planta y la bota, y las guardó en una bolsa que ató a su caballo.
A continuación, volvió a levantarla en sus brazos para que no apoyara el tobillo. La subió a su caballo, e hizo lo mismo, situándose detrás de ella. Seguidamente, siguió un sendero que había en el bosque para regresar a la gruta.
Mientras volvían, paseando a caballo por aquel hermoso bosque… ella se ruborizó, pensando en lo amable que había estado con ella. En ningún momento había fanfarroneado por rescatarla. Ni se había aprovechado de las circunstancias, más de lo debido. Se había comportado como un perfecto caballero. Y había actuado en cada momento, como debía hacerlo. Además, Silvan gozaba de una notable prestigio en Longoria, debido a lo bien que representaba su puesto. Por eso, lo idolatraba Para ella, lo más importante, aún más que la magia, era… el respeto del pueblo longoriano; y él lo tenía, y muy bien ganado.


A la vez que ruborizada, se sentía muy bien entre sus brazos. Él era un caballero muy guapo y distinguido. Por eso, no quería que ese paseo a caballo, se terminase nunca.


Pero poco después… llegaron a la gruta. Entonces, su maestro vio que  había conseguido las hierbas, pero también que se había lastimado el tobillo. Así, que le quitó la venda y la hoja, y se lo reconoció. La hinchazón había bajado pero el tobillo seguía torcido.
El mago pronunció unas palabras, mientras se lo tocaba con la mano. Éste sanó de inmediato. Volvía a estar como antes de lastimárselo. A continuación, pronunció otro hechizo que hizo que el vestido volviese a estar como nuevo. Cuando acabó, no parecía que Silvan lo hubiese desgarrado.
A continuación, todos volvieron a reunirse en la entrada de la gruta. Entonces, Láslandriel le dijo al general longoriano:
 -He inspeccionado la zona junto a Ilene, y a lo lejos, hemos visto la aldea. Si marchamos ahora, podríamos llegar avanzada la tarde.

 -Bien, pues nos esperemos más. Pondremos dirección a Half -el grupo enseguida recogió las cosas de la gruta y macharon hacia la aldea.

viernes, 20 de junio de 2014

Capítulo 5 de Las Crónicas de Érdwill 1





RENACE LA ESPERANZA


     Érdwill junto a su abuelo Euferión y Thomas habían recorrido un largo camino para llegar a Dawk.
El muchacho se sentía algo extraño. Toda su vida había esperado conocer la verdad sobre su pasado; y ahora la conocía.
Su abuelo, al que cada vez se sentía más unido, se lo había contado todo durante el camino.
El chico recordaba todo lo que le había pasado como esclavo en las canteras, y cada uno de sus enfrentamientos como gladiador. Pero, a partir de ahora, todo formaba parte de su pasado.
Sabía que al llegar a Dawk conocería a sus gentes; pero también, lo que el destino le deparaba. Debía ser fuerte y afrontar su futuro con calma, pues éste estaba ligado al de todos.



Érdwill, Euferión y Thomas habían llegado a Dawk…

Después del ataque que el pueblo sufrió por las fuerzas de Éomerd, cuando Érdwill era un bebé, todo quedó arrasado por el fuego. Sólo quedó ceniza y restos de viviendas. Sus habitantes además, sufrieron numerosas bajas; tanto el número de yozaks como de erdaags disminuyó mucho.
Aunque, ahora eran prácticamente los mismos habitantes, salvo porque había varios niños y bebés que habían nacido después del ataque. El pueblo, en cambio, si había sufrido cambios. Había sido reconstruido; incluso mejorado.
Se hicieron viviendas mejores a las anteriores, y a pesar de que todo el pueblo estaba rodeado por montañas, los Riscos de Dawk al norte y la Cordillera de Ariad al sur, se construyó una muralla exterior para defenderse mejor de los ataques por tierra.



Al entrar en el pueblo, tanto los erdaags como los yozaks los esperaban fuera de sus casas. Querían ver al chico a pesar de los problemas que creó a su pueblo, porqué también traería la esperanza de cambio que todos los pueblos anhelaban.
-Ves Érdwill, todos te estaban esperando. Han salido a recibirte, porque confían en ti. Eres el chico de la profecía; y el que sigas vivo, a pesar de que Éomerd trató de matarte cuando sólo eras un bebé, hace que la profecía tenga más valor aún para las gentes que están bajo su tiranía. Además, también creen en ti porque eres hijo de unos padres que hicieron mucho por defender este pueblo -comentó Euferión a su nieto, mientras llegaban al centro del pueblo.




Érdwill pudo comprobar la diferencia física entre los erdaags y los yozaks, al verlos de cerca. Como su abuelo Euferión le había explicado… los primeros eran algo más altos que los segundos, porque medían entre un metro con ochenta y un metro con noventa; en cambio, los otros solían ser diez centímetros más bajos. Los erdaags también tenían el cuerpo musculado y fibroso, adaptado para el combate; no sucedía lo mismo con los yozaks, que, como dedicaban su vida al estudio de la magia, eran delgados y no tenían la piel bronceada como sus camaradas.
Ambos tenían el pelo liso y lo llevaban a media o larga melena, pero los primeros lo tenían rubio y los últimos negro.
Además, tenían las orejas diferentes, porque los los guerreros las tenían puntiagudas como los elfos, y los magos normales como los humanos. Tanto unos como otros eran muy guapos, aunque, tenían diferente color de ojos. Los erdaags los podían tener azules o verdes, sin embargo, los yozaks sólo los tenían de color violeta como Érdwill.
Ambos tenían la tradición de tatuarse las manos cuando alcanzaban la mayoría de edad, pero vestían muy diferente. Los guerreros vestían siempre con cuero o pieles de tonos marrón, verde, o blanco; y en ocasiones, llevaban los muslos desnudos, y casi siempre, los brazos y el torso al descubierto. Los magos, por el contrario, vestían siempre con túnicas, en tonos azul, negro, o lila, e iban cubiertos casi totalmente.
Aunque, Érdwill no podía saber cómo eran en otros aspectos, su abuelo le había contado durante el camino, que ellos, los yozaks dedicaban su vida a la magia, el estudio o la lectura, y la meditación… y eran muy disciplinados, listos y excelentes magos; y que los erdaags dedicaban su vida a entrenarse para la lucha y a hacer los trabajos de esfuerzo físico; que eran excelentes guerreros, y al igual que ellos, disciplinados e inteligentes.
Érdwill tenía rasgos de los dos… era guapo como ambos, alto, musculoso, de piel bronceada y pelo rubio como los erdaags; y tenía los ojos lilas y las orejas normales como los yozaks. En cuanto a todo lo demás, era listo y disciplinado como ambos, y sabía luchar como aquellos guerreros… y aunque, todavía no lo había comprobado, su abuelo Euferión decía que tenía aptitudes para la magia.



En el centro del pueblo, los dawks se agrupaban entorno a un viejo yózak. Érdwill se fijó en él, y éste le dijo:
-Acércate muchacho.
El chico bajó de su caballo y se acercó junto al anciano.
-Hola Érdwill, bienvenido a casa. Larga ha sido la espera, pero al final, has vuelto sano y salvo. Siempre creí en la profecía, por eso, nunca admití que murieras a manos de los secuaces de Éomerd, cuando tan sólo eras un bebé. La profecía dice que algún día derrotarás al tirano y liberarás a los distintos pueblos de su maldad.
El viejo archimago era Eléniak, que a pesar de estar muy mayor y cansado para la magia, gozaba de una gran lucidez mental, para su avanzada edad.
-Gracias, sus palabras son muy amables. ¡Gracias también a todos por venir a recibirme! ¡Espero no defraudar la confianza que habéis depositado en mí; y deseo conocer pronto vuestras costumbres, y ser uno más de vosotros! -contestó humildemente.
-Muy bien dicho, muchacho -le dijo su abuelo Euferión, que quería ayudarlo a integrarse lo más pronto posible.
-Érdwill verás como muy pronto seremos muy felices aquí. El pueblo dawk trata muy bien a sus semejantes, y a sus amigos –le dijo su tío Thom.





Llegó la noche…

…Durante la tarde a Érdwill le habían tomado medidas para hacerle varios trajes (para la vida diaria, para la lucha, para entrenar, y hasta uno para las ceremonias; además de hacerle cotas de maya, armas, y un escudo). Otros habían preparado una fiesta para celebrar el regreso del elegido.



Ya, en ella, todo el mundo se lo pasaba en grande; en el banquete comían y bebían, mientras charlaban y reían. Después llegó el baile. Los que querían salían… los demás, se quedaban contemplando a los que bailaban. Entre ellos estaba Érdwill, que no pudo evitar fijarse en una joven érdaag muy bella y que bailaba muy bien. Lo hacía acompañada de otro joven de su misma raza. Érdwill se preguntaba quiénes serían.
Mientras bailaba, la muchacha se dio cuenta que la observaba, algo obvio, pues la miraba casi sin parpadear, y con la boca abierta… ¡no babeaba de milagro!
-Perdóname -dijo la muchacha a su acompañante, mientras se alejaba de él para acercarse hasta Érdwill.
-¡Hola! ¿Querrías acompañarme en el próximo baile? -le preguntó la chica, mientras sonreía entre dientes.
-Esto, ¿yooo…? -no sabía que decir. Se había quedado bloqueado.
-Vamos muchacho, no hagas esperar a una señorita -le dijo el tío Thom, que estaba justo a su lado.
-Perooo… es que no tengo ni idea. Jamás he bailado antes -le advirtió a la chica érdaag.
-No te preocupes. Yo te ayudaré -la muchacha, mientras decía esto, cogió a Érdwill del brazo y lo sacó a bailar.
-Sólo tienes que hacer los mismos movimientos que yo. Los haré despacio para que puedas seguirme –la chica lo tranquilizó, intentando ayudarle a en todo lo que podía.
-Está bien, pero no sé cómo saldrá –se expresó él, nada seguro de sus posibilidades.
Al principio, se equivocaba, y a veces, hasta pisaba a la muchacha. Mientras, las chicas, tanto las erdaags como las yozaks, sonreían al verlo porque les parecía gracioso.
Poco a poco, Érdwill fue siguiendo los movimientos y ritmo de la chica, llegando a bailar bastante bien para ser su primera vez.



Después del baile, se retiraron del bullicio de la fiesta, charlaron durante bastante rato, y los dos se cayeron muy bien. Al final de la noche, la muchacha se despidió con un beso muy tierno en su mejilla, cerca de sus labios.




La fiesta había terminado y Érdwill volvió junto a Thomas y Euferión; no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera aquella muchacha.

Por cierto, no sabía cómo se llamaba…


¡Se le había olvidado preguntarle el nombre! 

Capítulo 5 de Dragonstones 1





REUNIÓN EN LONGORIA


  Al mismo tiempo que la Lahmia dejó la fortaleza de Ízmer… cerca de Longoria, nuestro grupo había cruzado el río; y sobre media mañana, llegó a la ciudad.

Lo primero que se encontraron fue el foso que la rodeaba. Detrás, había una enorme muralla de treinta metros de altura por tres de anchura. Ésta en su parte superior, tenía una calzada que estaba vigilada por soldados longorianos; había tanto arqueros como arcabuceros. Además, tenían cañones para utilizarlos en caso de guerra.

En la ciudad había cuatro entradas, una para cada punto cardinal. A ellas, se accedía a través de los distintos puentes que había sobre el foso.

Solían estar siempre abiertas, y al igual que los puentes, siempre estaban disponibles para cruzarlas. Sólo se impedía el paso, en caso de ataque. Mientras, les bastaba con los vigilantes de encima de la muralla y de los guardias que había en cada puerta.
El grupo iba a entrar, por la entrada del norte. Enseguida, los pararon y les preguntaron:
 -¿Quiénes sois, y a qué venís a la ciudad?
 -Somos el grupo que espera el rey. Traemos La Piedra Multicolor -respondió Mialee.
 -Está bien, podéis pasar -respondieron los guardias, que anteriormente habían recibido ordenes de permitirles el paso.



La princesa elfa entendió que la paloma blanca que enviaron con el mensaje, había logrado llegar a Longoria; así, que estaban preparados para su llegada.

Todo el grupo cruzó el puente en sus unicornios.
Los tres chicos, que nunca habían visto Longoria, estaban intrigados.


Tanto la ciudad como la muralla, vistas desde el cielo, tenían forma redonda.
Estaba organizada, de tal forma: en la parte cercana a la muralla, vivía el pueblo, la gente más humilde y pobre de la ciudad… que vivían en casas de piedra con tejados de teja. Las casas del pueblo estaban divididas en cuatro zonas, mediante las calzadas, que venían cada una de una entrada distinta. Todas llegaban hasta el mismo palacio, en el centro de la ciudad.
Estaban: la zona noroeste, la nordeste, la suroeste, y la sureste. Y cada zona era atravesada por dos calles horizontales y tres verticales.
Las primeras salían a las calzadas, y las últimas a otra situada, entre la zona del pueblo y la de la nobleza. Ésta era circular y tenía cuatro grandes cruces. Cada uno estaba situado, dónde la calzada era atravesada por las grandes  que provenían de las entradas.


La zona de la nobleza estaba organizada también en cuatro zonas. Pero, se diferenciaba de la del pueblo, en que… en cada una de las zonas, no había tres calles verticales, sino, una sola.
Tras la zona de la nobleza había una última calzada circular, de igual modo que la anterior. La separaba del gran palacio; situado en el centro de la ciudad.

En la zona donde vivía el pueblo y dónde las casas eran de piedra y con tejados de teja… había: posadas, herrerías, armerías, panaderías, sastrerías, carpinterías etc.
También estaba el gran mercado, dónde venían gentes de todo el continente, a hacer sus compras.

En la zona de la nobleza, las casas estaban hechas de lo mismo, pero eran más altas, y los edificios que eran aún más grandes que las casas, estaban hechos de mármol.
En esta zona estaban: las universidades, las bibliotecas (la principal: La Gran Biblioteca de Longoria), La Gran Universidad de la Hechicería, y un lugar dónde todo el que sabía algún tipo de magia, compraba lo que necesitaba… Además, tenía una de las cuatro zonas, dedicada al ejército. Allí, estaban los establos de los caballos, y se guardaban: las armas, las armaduras; y todo el material bélico.

Tras la zona del pueblo y de la nobleza, en el centro de la ciudad, estaba el palacio… que era enorme y se elevaba hacia el cielo; con innumerables torres altísimas. Éstas eran de mármol y cuarzo blanco y rosa. Tenían gran cantidad de ventanas, pero en cambio, no tenían esquinas… y acababan en cúpulas.
En él vivían: los reyes, el príncipe, sus consejeros, sus sirvientes…
…Y en él estaba: la sala del trono, la sala de fiestas, las habitaciones reales y muchas otras, y una biblioteca, dónde había todo tipo de libros que hablaban de cada una de las razas que habitaban Shakával.
También, había una catedral y una sala de reuniones, dónde el consejo debatía los temas que importaban a la ciudad de Longoria.




      Al entrar en la ciudad, el grupo tuvo que dejar los unicornios y marchar a pie. Los animales se quedaron a merced de los guardias, que los pusieron a buen recaudo. 
El grupo pudo comprobar que a Longoria venían gentes de todo el continente; por lo que había varias razas humanoides.




La gente los observaba y se murmuraban entre ellos al oído… algo normal, porque el grupo estaba formado por: dos elfos y tres chicos humanos, vestidos de forma un tanto extraña. Además, a algunos les había llegado el rumor de la aparición de La Piedra Multicolor, al mismo tiempo, que los niños de otro mundo.


      Paseando por la ciudad, llegaron a un mercadillo, donde había: buhoneros, comerciantes, videntes, ladrones, mercaderes…
En cuanto a criaturas humanoides… había humanos de todo tipo: árabes, nórdicos, orientales, mundanos, y nómadas de la estepa… Había enanos, tanto nórdicos como zenorianos; elfos silvanos y marinos; faunos… y algunas de las razas menores de Shakával, como: kenders, halflings y hobbits.

Entre el barullo del mercado, un muchacho adolescente, algo delgado, y con una estatura de un metro con setenta y siete centímetros, siguió a los chicos.
Llevaba el pelo alborotado y de color castaño.

Por su ropa, se intuía, que no tenía mucho para vivir.

Pasó junto ellos, sin que estos se percatasen. Justo en ese momento, el chico rajó la mochila de Kevin y se llevó algunas cosas, que introdujo en su saquillo. Luego, siguió caminando como si nada hubiera ocurrido. Al instante, Kevin notó que le habían robado. Cuando comprobó qué se habían llevado, supo que le faltaba una navaja… ¡y La Piedra Multicolor!
Los elfos se dieron cuenta enseguida, que el ladrón era el muchacho que acababa de pasar junto a ellos, por su aspecto, y por propia intuición.
Era un ladrón cortabolsas, al que siguieron, pero teniendo cuidado de que este no lo supiera.

El ladrón, que se llamaba Justin, entró en una posada. En ella había humanos que provenían de diversos sitios, y había: enanos, faunos, y algunos kenders.

Justin se paró frente a un tahúr, que había en una mesa en la que se aglutinaba mucha gente. Éste utilizaba tres cubiletes de madera y una semilla; y la gente apostaba donde se ocultaba ésta.
Pasó con sigilo… y también se llevó el saquillo donde el tahúr guardaba el dinero, que hasta ahora había conseguido. Cuando éste se percató, mandó a sus dos matones, tras él.
Justin salió corriendo por el mercadillo, perseguido por éstos, y los elfos y los chicos también.
Dejaron caer todo a su paso, pero antes de armar un gran revuelo,  se metió por una calle para que no acudiera la guardia.
Sus perseguidores consiguieron llegar hasta él, y cuando estaban a punto de darle una paliza, Isilion lanzó de una sola vez tres flechas, que se clavaron muy cerca de los ellos, logrando detenerlos. Consiguió que éstos dejasen en paz al ladrón, a cambio de entregarles el dinero que el muchacho le había robado al tahúr.


Cuando los matones se marcharon, Justin todavía sin aliento por la carrera y el susto, se acercó a los elfos.
 -Gracias, me habéis salvado de una buena paliza, o incluso de la muerte… a pesar de que os robé. Tomad, os devuelvo lo que os quité, y espero que algún día me perdonéis -dijo, verdaderamente arrepentido, y es que… a pesar de su condición, no era mala persona.
 -Te perdonamos porque… por lo que parece, no sabías el valor que tiene lo que nos robaste. Ahora, desaparece antes que nos arrepintamos y te entreguemos a la guardia -le insistió Isilion, en tono serio.
 -Esperad, no tengo a nadie en la vida, y me viene bien algo de compañía. Me gustaría, si queréis, unirme a vosotros y devolveros el favor.
Los elfos le contaron porqué se encontraban allí. Pero Justin se unió a ellos, sin pensárselo lo más mínimo.
Después de tranquilizarse y hablar, siguieron por la calzada que entraron, en dirección a palacio.

Cuando llegaron, les dijeron que esperaran a que se informara de su llegada.
Poco después, les llevaron a la sala de reuniones, dónde llevaban unas horas, charlando y esperando su llegada… pues el tema que debatían los implicaba sobre todo a ellos.
Enseguida, fueron presentados. En la sala, además del Rey Mónckhar y su hijo Ántrax, estaban: el general del ejército longoriano Silvan; en representación de los enanos, acudió un enano nórdico, Gúnnar Ódegaard; de la zona de Barbaria, cerca de Nordia, acudió el bárbaro, Tristan; igualmente, estaban representados los magos, con el mejor mago humano, y líder de los túnicas blancas, Eléndil… al que acompañaba, su aprendiz, Lana; pero, lo que más sorprendió a los tres chicos, fueron otros. Ellos habrían jurado que eran un hombre y una mujer, de no ser por algo que los diferenciaban de los humanos… ¡tenían alas!
Venían de la isla de Cesglan, la isla de los… ¡ángeles! Ella se llamaba Ilene, y él, Láslandriel.
 -Por favor, chico, muéstranos La Piedra Multicolor. Quiero que todos comprueben, que es verdad que esa piedra mágica se encuentra aquí en Shakával -le pidió el Rey Mónckhar, a Kevin.
Éste la sacó de la mochila y se la entregó. El rey la observó, y no la encontró nada especial. No tenía porqué, se mostraba transparente en su estado normal.
El Rey Mónckhar dijo entonces:
 -No parece ser una piedra especial, y menos aún, que contenga tanto poder. Pero como dice la profecía, es transparente, y con ella aparecen tres niños humanos, del mundo al que pertenecen los primeros humanos de Shakával… de los cuales, descendemos.
Yo creo que es la verdadera Piedra Multicolor, y os pido que vosotros también lo creáis.
Dicho esto,  invitó a Kevin, Éric, Susan, Mialee y Justin… a que tomaran asiento.
A continuación, preguntó a Mialee:
 -¿Quién es ese muchacho, de aspecto desaliñado, que os acompaña y está presenciando esta reunión?
Ésta contestó:
 -Es Justin, lo hemos conocido aquí, en tu propia ciudad, cuando acudíamos a esta reunión.
Nos robó la piedra, y lo seguimos. Más tarde, se metió en otro lío y fue perseguido por unos matones. Nosotros le salvamos la vida, y nos devolvió la piedra. Después, quiso acompañarnos. Entonces, lo pusimos al corriente de la situación. Pero siguió insistiendo… Dijo que nos acompañaría siempre, donde quisiera que fuésemos… y aquí está, con nosotros.
Entonces, el Rey Mónckhar dijo:
 -Si ésta es su decisión, así será. A continuación, se dirigió a todos, y muy juiciosamente les dijo:
 -Las fuerzas del mal se están preparando para la guerra. Ellos también sabrán que La Piedra Multicolor está en Shakával. Así que intentarán robarla y conseguir las demás piedras, para tener a sus órdenes a los dragones.
Os pido que protejáis a estos chicos que vienen del mismo mundo que vinieron nuestros antecesores, los primeros humanos. Aquellos que reunieron las piedras y se quedaron en Shakával; y de los cuáles descendemos todas las razas humanas de este mundo. Os pido también, que protejáis La Piedra Multicolor.
Debéis marchar a la isla de Loft, la isla de los altos elfos. Allí, es el único lugar en todo Shakával dónde muestra el paradero de la primera de las Dragonstones, la piedra verde, la de menor poder. Una vez la encontréis, al ponerla en contacto con La Piedra Multicolor, ésta última mostrará el paradero de la siguiente Dragonstone, y así, sucesivamente.


Todos estuvieron de acuerdo con los que les pidió el rey de Longoria; por lo que, seguidamente, se retiraron…
… Luego, por la noche, tuvieron una cena de despedida, tras la cuál, se fueron a dormir.


Ya, por la mañana, vistieron a Kevin, Éric, Susan y Justin, con ropas del ejército longoriano.
A cada uno de ellos, le dieron una espada. Pero aparte, a ella le dieron un arco; a Justin, un cuerno; y a Kevin y Éric, un escudo.
Mialee también cambió sus ropas por las de combatir, propias de su raza y su nobleza.

Poco después, todos estaban en las puertas de palacio… Kevin, Éric, Susan, Isilion y Mialee, en sus unicornios; Silvan, Tristan, Eléndil, Lana y Justin, en caballos. El del bárbaro era más robusto… muy adecuado para él, porque podía soportar su peso; ya que era alto y musculoso.
Gúnnar, el enano, llevaba un pony. Porque el joven unicornio además de ser demasiado pequeño para él, nunca aceptaría a un enano como jinete.
Ilene y Láslandriel no montaban, utilizaban sus alas para volar.



Los reyes y el príncipe se despidieron de ellos y les desearon suerte, al igual que las gentes que había en la ciudad, que se habían aglutinado a ambos lados de la calzada, que llevaba a la salida oeste de la ciudad.
Una vez cruzaron las puertas, pusieron dirección a la ciudad portuaria del reino de Burds. Dónde cogerían un barco para navegar hasta la isla de Loft.




      Por otro lado, los elfos oscuros proseguían su viaje en los barcos negros. Llevaban ya cerca de la mitad del viaje hasta la ciudad de Doeria. En estos momentos, cruzaban las costas de Élengar.



En cambio, los caballeros del caos no lograron llegar hasta Longoria antes que marchase el grupo, como era su intención. Sólo habían conseguido llegar hasta las verdes praderas de los caballos salvajes, situadas entre el bosque iluminado y la aldea de Pars.

Cruzaron a tal velocidad, que asombraron a las manadas de caballos salvajes que pastaban en aquellos prados.

martes, 17 de junio de 2014

Relato: La constelación de Aurora.







Autor: Desiree Vergaz.

Está escrito por una apasionada de la C.ficción y el universo. Disfrutadlo.

Si queréis leerlo pinchad aquí:

https://dl.dropboxusercontent.com/u/22610911/La%20constelaci%C3%B3n%20de%20aurora.pdf


Si quieres saber más sobre ella, visitad su blog.



viernes, 13 de junio de 2014

Capítulo 4 de Las Crónicas de Érdwill 1




ÉOMERD SOSPECHA


    Días después de finalizar el torneo, Eolión ya había regresado a la isla de Tracksia. Con él volvieron sus tres ayudantes y sus discípulos Górdag, Jhalias, Moongrée y Zescarión.
El dórdag había ganado en el torneo mucho dinero y fama, aunque dos de sus mejores aprendices ya no seguían con él. Sabía que esos muchachos tenían mucho futuro, pero había merecido la pena venderlos… porque, la suma que consiguió al hacerlo era mucho mayor de la que los gladiadores valían.
-Instructor Eolión, ha llegado el barco de Cónnor. Viene a cobrar el tributo por los beneficios de los torneos, y a traerle una nueva hornada de esclavos para que los instruya -informó un soldado dámned, de los que siempre vigilaban la isla.
-Enseguida lo atiendo -contestó el dórdag.

Instantes después, se presenció ante Cónnor.
-Hola, señor. ¿Qué tal son los nuevos esclavos?
-Hay de todo. Pero, no creo que sean tan buenos como los que te traje hace dos años. Según me han contado, triunfaste en el gran torneo de gladiadores -dijo el dámned, que había sido informado sobre las victorias de los luchadores de aquella escuela.
-Bueno señor, tuvimos suerte y ganamos las tres finales -respondió el dórdag.
-Se necesita mucho más que eso para ganar en el gran torneo. Esos muchachos deben ser realmente buenos. Por cierto, ¿dónde están?
-Verás señor… Aquí sólo hay uno. El que venció en la final de maza. Crackis ve a buscarlo.
El gladiador blanco obedeció a Eolión, y enseguida trajo al bárbaro.
-Mi señor, éste es Górdag. Es un rag con una enorme fuerza.
-Eso lo comprobaremos ahora. Yo mismo me enfrentaré a él, y veremos lo bueno que es -dijo Cónnor, mientras desenvainaba su espada.
El bárbaro, en un principio, pensó que vencería al líder de los damneds sin dificultad, pero, cuando comenzó el combate, comprobó la cruda realidad… era muy inferior a él. Cónnor lo humilló durante toda la pelea. El rág descargó uno y mil golpes con su mazo sobre la parte superior del cuerpo del dámned, todos muy lentos y predecibles; y con la guardia bajada, pues al elevar los brazos para balancear su mazo y que este cogiese la inercia necesaria para asestar un fuerte golpe a su adversario,  dejaba toda la parte de su esculpido abdomen, donde se notaban cada uno de sus músculos, al descubierto. Esto lo aprovechaba Cónnor, que era mucho más rápido, listo y experimentado en lides como aquella, asestando insignificantes tajos en aquel lugar. Podría haberlo matado si hubiese querido, pero sabía que Éomerd no lo hubiera permitido. Aquel gladiador era un guerrero muy valioso, que le podía proporcionar mucho dinero al reino.  
Tras vencerlo y perdonarle la vida, dijo:
-No lo hace mal. Lo ha intentado… pero tendrá que entrenar mucho más si quiere estar a mi altura.
Górdag, herido en su orgullo, incluso más que en su cuerpo, se prometió así mismo que si alguna vez se lo volvía a encontrar, estaría por lo menos, a su mismo nivel.
-Por cierto, ¿dónde están los otros dos? -preguntó el dámned, mientras enfundaba su espada.
-Los vendí, señor. Un yózak junto a un humano vinieron, y el primero me ofreció una fuerte suma de dinero.
-¿Has dicho un yózak…? Aquí hay algo raro… ellos jamás se interesarían en comprar gladiadores, y mucho menos, en ofrecer por éstos una buena cantidad. Dime Eolión, ¿quiénes eran los dos luchadores que compró? -preguntó Cónnor, intrigado.
-Mi señor, el primero que compró era un humano… bueno, mejor dicho un guézlaad llamado Érdwill; él ganó en la disciplina de la espada. El segundo era un árido llamado Fhimias; que ganó la final de lucha con lanza -explicó el dórdag.
-Un guézlaad y un árido… tiene que haber algo que se me escapa. Pensemos un momento… dime Eolión, ¿el guézlaad tenía algún rasgo de los yozaks, o de los erdaags? -preguntó Cónnor, que llegó a una suposición.
-Pues, tenía un físico privilegiado como los últimos que has mencionado, aunque más desarrollado que éstos. Igualmente, era tan inteligente como los primeros que dijiste. Pero, el rasgo que más me llamó la atención y que sólo he visto en los yozaks, es que tenía los ojos de color violeta.
Al escucharlo, Cónnor, sin perder tiempo, subió a su fire-eyes.
-Me marcho. Mis soldados te han dejado a los esclavos. Tus tres ayudantes se han ocupado de ellos. Yo debo informar a Éomerd de esto. Seguro que se llevará una sorpresa cuando escuche lo que tengo que decirle.
Dicho esto, el líder de los damneds volvió a su barco y marchó enseguida a contarle las nuevas noticias al Señor Oscuro.
Dos días después, Cónnor se presentaba ante Éomerd.
-Que tienes que decirme. Me han informado que traes información importante.
-Mi señor, estáis en lo cierto. Si no me equivoco, el muchacho de la profecía no murió cuando era un bebé. Verás, no digo esto a la ligera, según uno de mis instructores de gladiadores, el de la escuela de la isla de Tracksia, uno de sus aprendices fue comprado por los dawks; y su descripción encaja, el muchacho podría ser el mismo de la profecía -explicó Cónnor a Éomerd. Luego, esperó la reacción de éste.
-¡No puedo creer que sobreviviera! ¡Jónnar y tú me asegurasteis cuando ese chico tan sólo era un bebé, que había muerto! –el Señor Oscuro parecía bastante exaltado y fuera de sus casillas.
-Yo tampoco encuentro una explicación, pero, el hecho es que ese muchacho podría ser el niño que creíamos muerto.
-No podemos correr más riesgos, mi señor -le dijo Zénglar, el consejero nóxious, a su rey, en tono calmado para intentar serenarlo.
-Está bien, espero que nuestras sospechas no sean ciertas. Sin embargo, tendremos que vigilar a ese muchacho y al pueblo dawk –dijo ya más tranquilo-. Escucha Cónnor, quiero que envíes a Drówdak, ese yózak que se puso a nuestros servicios, traicionando a su propio pueblo, para que vuelva allí y vigile al muchacho, sin levantar sospechas. Mantenme informado. Debo saber quién es ese chico y  qué traman esos condenados dawks -mientras decía esto, Éomerd miraba una copa que balanceaba en su mano. El poco vino rosado que quedaba en su interior se agitaba como un mar de sangre en plena tormenta.
El dámned no pudo evitar fijarse también en ese detalle. El Señor Oscuro estaba claramente molesto con la noticia que le había llevado. Todos conocían su poca paciencia con los que le fallaban, y él y Jónnar, el líder éery, ya le habían fallado una vez. A partir de ahora, debía servirle bien a su señor o la sangre que algún día podía derramarse sería la suya. No es que tuviera miedo a morir. No tenía emociones, pero sí tenía cerebro; y no era tonto, prefería seguir vivo.

 -Todo se hará como vuestra majestad ordena –acabó diciendo. Dicho esto, se retiró.